Judas Iscariote, el que lo iba a entregar, dice: “Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Jesús dijo: “Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendréis siempre con vosotros, pero a mí, no siempre me tendréis” (Jn. 12, 1-11)

 

Lunes Santo

 

Ayer, Tú, Jesús de Nazaret, te creíste que los gritos y aclamaciones que te dedicaron los niños y el pueblo, a  la entrada de Jerusalén, iban en serio:

.- “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna, Rey de Israel!”, decían.

Pero si haces  memoria, recordarás que, allí mismo, mezclados y confundidos entre los que te aplaudían, pululaban grupos de fariseos que también a gritos te decían:

.- “Maestro, ¡reprende a tus discípulos! ¿A qué vienen estas proclamas de Rey de Israel?!”. 

Fue como si te hubieran clavado un puñal en el costado. Te sobrepusiste, sí:

.- “Si estos callan, gritarán las piedras”, respondiste.

Pero a ti  se te quedó  dentro el frío de la herida. Por eso, aquella misma tarde  regresaste a Betania; la casa de tus  amigos, Marta, María y Lázaro.  Fue tu cobijo; te ofrecieron una cena. Todo aquella tarde fue íntimo y amistoso. Marta se desvive en atenciones, María lava tus pies polvorientos y los perfuma de nardo, embobada en tus parábolas, mientras Lázaro  conversa con el pequeño grupo de tus acompañantes.

           

No lo niegues, Jesús. Toda tu divinidad se te vino abajo aquella tarde, empujada por esa  humanidad  de duro corazón. Necesitaste el calor de la amistad humana, de voces amables, de gestos complacientes, de miradas cariñosas. Asomaste tu pobreza de hombre y te nos mostraste tal cual eres, tal cual nosotros somos: hambrientos de comprensión y de ternuras. Sentías ya sobre los hombros  la oscura soledad  de Getsemaní, la vía dolorosa y, sobre todo, la muerte: una muerte  que, aunque voluntaria y redentora, ahogaba en sangre tus treinta jóvenes años de vida vigorosa. Por eso te refugiaste esa tarde en Betania, buscando un poco de calor humano antes de la entrega. Tus amigos te lo dieron y, en ellos, nos agrupaste a todos.

Déjanos acompañarte este lunes, que es santo por ti. Amén.

 

P.Gago. De su programa "Alboradas"