“… pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido”. Entonces le preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “Maestro, ¿soy yo acaso?”. Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. (Mt. 26, 14-25)

 

Miércoles Santo

 

¿Te enteraste después, Jesús de Nazaret, o lo supiste desde el principio? ¿Sabías que Judas, el de Kérioth, andaba negociando tu entrega a los sumos sacerdotes?  ¿Sabías que  habían llegado ya a un acuerdo?: él te ponía  la trampa  y ellos le entregaban lo pactado: treinta monedas de plata. Tan ajustado habían dejado el trato, que el traidor sólo esperaba la ocasión para llevarlo a cabo y  liquidar el tema.

Y a ti, Jesús de Nazaret, ¿cómo se te ocurrió convocar a Judas para el grupo de tus discípulos? ¿No viste nada raro en él, nada sospechoso? Es más: le encargaste la custodia y administración de las cuatro perras que  ibais reuniendo para el pan de cada día y para los pobres. ¿No era eso una distinción y un gesto de confianza  hacia él? 

Yo diría, Jesús, que no anduviste muy fino en esa elección. A las pruebas me remito: tu hombre de confianza, no sólo escamotea vuestras dracmas de plata, sino que llega a venderte a tus enemigos como canje de guerra. Claro que tú fuiste siempre un extremoso, un rompedor, un exagerado en amar y en perdonar, en buscar al perdido, en curar al leproso, en acoger y disculpar al excomulgado… Es tu condición, tu definición prevalente.

Pero con Judas fuiste más allá, metiendo en tu redil al ladrón de ovejas, y en tu cabaña al  apaleador de pastores. Quisiste demostrar que tu amor es más fuerte que la envidia, más fuerte que el odio y  la soberbia, que la avaricia y  la  furia. Pero tú, claro, eres incorregible en tu divinidad y no querías que ni el más perverso se te escurriera de los hombros. Pero.., ¿y él?  Judas traspasó todas las lindes, llegó a lo más bajo de la ruindad humana, traicionó  la amistad más bondadosa  del modo más abyecto: ¡entregarte a cambio de dinero…!

Aún así,  Jesús de Nazaret, le esperaste hasta la  amanecida, llamándole amigo,  para que se asiera a esa palabra. No quiso, no supo, no pudo, tú lo sabes. Pero, ojalá hubiera sido ésa la última traición.

Perdónanos las nuestras de cada día, Jesús del Miércoles Santo.

 

P.Gago. De su programa "Alboradas"