Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. (Jn. 13,1)

 

Jueves Santo

 

Porque eres Dios, Jesús de Nazaret, supiste  ser el  hombre consumado. Todo lo hiciste bien; tan bien, que aún hoy nos parece que te has pasado de ser de verdad hombre. Que se puede ser excelente y cabal, admirable y cumplido, pero sin dar un millón de vueltas a la bondad.

No habíais terminado de cenar, Señor Jesús, y tuviste un arranque inesperado: te levantas de la mesa, te despojas del manto, tomas una toalla, echas agua en la jofaina y te hincas en el suelo, para lavar los pies a tus discípulos que, sorprendidos, se sienten incapaces de detener tu acción. Allí estaba también Simón  Pedro, el súbito y fogoso que se  te planta  cara y dice:

.- “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? No me los lavarás jamás.” 

Y una vez más, como a cada repente del gran pescador, templaste su ardor:

.- “Lo que yo hago, querido, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde. Y si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo.”

Pedro se dejó hacer, y Jesús, el Profeta, el Hijo de Dios, se inclinó  y lavó y relavó y secó los pies, al único que tuvo valor para contradecir al Maestro de tanto como le quería.

Tu gesto de esclavo -lavar los pies a los invitados-, iba más allá de una pose para impresionar. Fue un mensaje subversivo, una sacudida al desordenado orden de la soberbia y del desamor. El Maestro se abaja a los discípulos, el Superior al más pequeño, el Primero al último, el Santo al pecador,  Dios al hombre.

A partir de esa lección, nadie puede creerse o sentirse más que nadie.

.-”Si Yo, el Maestro y el  Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.”             

Por más pasmosa que nos resulte la escena, verte, oh Jesús, salpicado de nuestras aguas sucias, como signo de humildad y de acogida,  nos vuelve confiados  hacia Ti y nos anima a gritarte:

 .- “Toda mi esperanza estriba en tu gran misericordia, Jesús del Amor fraterno, Jesús del Jueves Santo.”

 

P.Gago. De su programa "Alboradas"