El perdón, sobrehumano

 

“Un ex-convicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. Nada más saludarse, preguntó a su amigo:
- ¿Has olvidado ya a los nazis?,
- Sí, respondió, rotundo y sencillo.
- Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma.
- Entonces, le dijo apaciblemente su amigo, aún siguen teniéndote prisionero.”

 

La historia de los hombres, y la experiencia personal, coinciden en afirmar y atestiguar la enorme dificultad que representa otorgar el perdón a quien nos ofende; dificultad tanto mayor cuanto más grave haya podido ser la ofensa, en sí misma o en las consecuencias morales y sociales que hay podido ocasionar. Incluso aunque el agravio no haya pasado de una insolencia irónica o jocosa, la reacción del ofendido no suele ser magnánima, ni perdonadora; lo instintivo es reaccionar en nuestro interior con resentimiento, desafío o venganza por pequeña que sea; puede que incluso la reacción sea física y externa. Partimos, pues, de una situación o actitud instintivamente negativa, la forma primaria de reaccionar ante una ofensa es la réplica airada y agresiva.

El fundamento de este comportamiento primario, universal, es la consideración individual de la propia dignidad que se siente injustamente atacada; ante esa invasión violenta, la defensa se manifiesta en el rechazo y, su primera expresión, es el sentimiento de venganza. Pero, enseguida, la conciencia moral de la persona entra en juego y percibe que ese sentimiento no es moralmente bueno, por más que la razón intentará racionalizar los hechos juzgándolos desde la subjetividad ofendida, lo que dificulta una visión serena y una valoración neutral de los mismos. Esa es, muy simplificada, la dialéctica interior que la conciencia se plantea.

La evolución de la conciencia ética de la sociedad humana ha reflexionado también sobre el perdón y las religiones lo han incorporado a su decálogo con mayor o menor pureza, amplitud y trascendencia. Si nos centramos en el cristianismo, vemos cómo su antecedente, el judaísmo considera el perdón no como un imperativo moral sino como algo loable pero no exigible. Alude al perdón como un atributo de Dios, pero que no traspasa a los hombres en sus mutuas relaciones, lo reduce a la actitud de Dios para con el pecador; pero esta consideración se ve contradicha intensamente en muchas peticiones de que castigue duramente a los pecadores inicuos y a los enemigos de Israel. El libro de los Salmos está lleno de súplicas en este sentido. No faltan tampoco, es justo señalarlo, elogios a quienes perdonan, como el caso de José el hijo de Jacob, perdonando a sus hermanos. (Génesis 45,4-11).

Para que el perdón entrara en la conciencia moral universal, fue precisa la encarnación de Jesús Hijo de Dios que es quien trae a la tierra la perfección de la caridad, del amor de Dios que es misericordioso y compasivo. Jesús es la Palabra del Padre, la revelación de su Amor en naturaleza humana, es la voz que transmite la verdadera esencia de Dios, su ser. Jesús, en sus acciones, en sus signos y milagros, en sus palabras nos descubre que el perdón a nuestros hermanos, incluso a los enemigos, entra en la misma acción del perdón de Dios, que es así, universalmente, como el hombre debe tratar a sus prójimos.

Por si la vida y redención de Cristo no fueran en sí mismas testimonio suficiente de la universalidad e incondicionalidad del amor fraterno, Jesús habló las palabras más nuevas y trascendentes sobre el perdón como atributo de Dios y, en consecuencia, actitud del discípulo. El perdón no es sólo una condición previa de la vida nueva, sino uno de sus elementos esenciales: Jesús prescribe a Pedro que perdone sin intermisión, al revés del pecador que suele vengarse desmesuradamente (Mt 18,21s). El cristiano, para vencer el mal con el bien, debe perdonar siempre y perdonar por amor como Cristo y como el Padre.

Estas exigencias del amor cristiano sitúan la doctrina de Cristo en la más alta esfera de la moral, pertenece a la esencia del mismo Amor de Dios. De ahí que, sólo desde la vivencia del amor fraterno, desde esa dimensión de la caridad, del amor de Dios, puede el discípulo de Jesús plantearse la consecución de ese modo de amar para poder decirse a sí mismo que lo hace por el amor de Dios que habita en su corazón. Intentar el perdón del prójimo desde una perspectiva puramente ética, natural, genérica, como “hacer el bien y evitar el mal”, sin referencia a la sobrenaturalidad del amor de Dios, resulta francamente difícil; sí servirá dispositivamente para que Dios bendiga esa rectitud de intención que situará a ese hombre de recto corazón, en los ámbitos de su gracia divina.

Por eso afirmábamos en el título de este comentario: El perdón, ¡sobrehumano!.