Oración al Vencedor de la muerte

 

Padre Jose Luis Gago

Vencedor de la muerte.
Dijiste que así te llamaríamos, y así te proclamamos:
Vencedor de la muerte. Mas, ¡qué dura ha sido la batalla que acabas de librar!
Soledad, ansia y vacío
han angustiado tu alma hasta la muerte
y has apurado un cáliz
rebosante de traiciones y perfidias.
A punto estás de vencer a la muerte,
pero has tenido que sorber la vida a tragantadas.
Porque, ¿quién, viéndote así, crucificado,
puede apostar aún que se ha de cumplir tu profecía?
Nadie lleva la cuenta -¡qué más da-
del número perdido de azotes y de afrentas
que minan el templo de tu cuerpo, ahí colgado,
hasta dejarte como te hemos dejado, trizado y derruido.
Ha sido un vendaval de escarnios,
de tanta crueldad
cuan grande tu docilidad y mansedumbre.

(***)

 

Este sí es el final. O lo parece. La muerte queda en pie
tras luchar con la vida.
Nadie ha sobrevivido.
¿Por qué ibas a ser tan diferente
si eres , entre los humanos, el más humano…?
“Si eres el Mesías, sálvate de la cruz”, aún te están gritando.
Mas tú no has dicho más. Ya lo dijiste todo.

¿Qué huracán se llevó aquellas palabras:
“Yo soy la resurrección, yo soy la vida?”
¿Qué torrente desembridado
ha borrado la profecía de tu resurrección?
Tendremos que esperar, puesto que, al parecer,
la muerte te ha ganado este primer combate.
Mas dijiste que sólo sería cuestión de horas.
Acuérdate: nos prometiste acabar con la muerte y destruirla.
Pero, hoy por hoy, ahora en este instante,
yaces, horizontal, y tan a ras de tierra,
que has fundido tus dos naturalezas
en una conjunción inigualable: hombre y Dios.
Muerto, por hombre. Por Dios, resucitado.

Hombres, miradlo bien:
desde los pies transidos hasta el rostro imponente.
Será la última vez que lo veáis así, como un despojo.
Lo tienen que enterrar como a cualquiera:
es fiesta en la ciudad y no es bonito
que un cadáver se oree en el Calvario.

(***)

 

Acaban de bajarte de la cruz.
Antes de hundirte en la gruta, tras la losa,
te van a dejar en el regazo
de la mujer que te dio vida y belleza.
A una madre como ésta, María de Jesús,
sólo con la mirada turbia por el llanto se la puede mirar.
Que no hubo ni hay dolor como éste dolor suyo.
Ahora, cuando ya nadie te aclama, Ella sí está.
Quiere darte otra vez –como en Belén- la vida.
Tendrá mucho que ver
en el “re-nacimiento” de tu resurrección.
Ella y Tú… Tú y Ella.
Juntos de nuevo y solos otra vez,
como años atrás, cuando te diera a luz.
Entonces fue de noche; ahora es entre sombras,
para que la luz de la resurrección
brille como un deslumbramiento.

(***)

 

Antes que el sol, y con más brillo,
surgirás de madrugada,
subirás desde la entraña de la tierra.
Y ya tu nombre, por un siempre irrevocable,
será “Vencedor de la muerte”.