GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte tu misericordia, y por ello bendecirte, alabarte, glorificarte y adorarte por tu mayor virtud hacia tus débiles criaturas; la virtud, por sobre todas, de tu misericordia.

Ya antes de mirarnos de pie sobre la tierra, lo hiciste con ojos de misericordia y compasión, con ojos de ternura. Nos hiciste mejores de cómo te quedamos: apenas nos pusimos sobre nuestros propios pies y enseguida nos vimos astillados y rotos. Y así vistos, te faltó tiempo para prender tu corazón y que en él ardiera nuestra miseria y pobreza extrema. Acababas de inventar la palabra más bella y el sentimiento más digno en ella revestido: misericordia, amor del corazón ante la miseria humana.

A partir de aquí todo se hace llano y ligero, pues te sabes amado, querido, perdonado, acogido, borradas para siempre tus traiciones, sanadas las heridas, robustecidos los brazos y el deseo del bien y la esperanza de, algún día, saber corresponder a tan inconmensurable amor. No me hacen dudar los que enfrentan a tu misericordia la justicia, como si de un duelo de fuertes se tratara, y saber quién es antes, quién es más, quién da el último, ante un pobre pecador.

Yo no puedo dudar de ti; yo sólo sé que tu misericordia está al principio y al final de tu llamada, desde el inicial encuentro hasta el paso al perfeccionamiento de tu acción bondadosa, Señor, Dios, Padre compasivo y misericordioso. Así te sé y así te siento. Amén

 

 (De su libro “Gracias, la última palabra”)