GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte, Dios y Ser mío, tu presencia profunda, en el interior del hombre, al lado del hombre, frente a él, detrás y, al tiempo, enfrente, por encima de su cabeza y atado a sus pies como un cascabel alegrador, ciñendo su cintura, piel con piel, Dios y yo, unos.

Así estás tú en nosotros, rodeándonos, sumergido, empapándonos de tu esencia divina, distinto de mí, pero identificado conmigo en mi ser y en mi latir. Pareciéndote aún corta y débil esta ligadura, la has reforzado con el más fuerte ceñimiento de tu Espíritu y con la fuerza de la sangre de quien, “no haciendo alarde de su categoría de Dios, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos.” Y así, vestido de la misma carne, soñó nuestros mejores sueños, se irritó y gritó por la soberbia y la opresión de los poderosos.

Lo perdonó todo, aseguró gozos y contentamientos, prometió bienaventuranzas… Y ahora reparte corazones limpios, llena los barrios bajos de espíritus esperanzados, reparte la tierra a los pescadores, el reino de los cielos a las madres, las risas infantiles a los violentos…

Gracias, Dios y Padre, por este Jesús de Nazaret que conjuga tu presencia en todos los tiempos y en nosotros. Amén.


  (De su libro “Gracias, la última palabra”)