GRACIAS porque al final del día, podemos agradecerte, Señor de la vida, el vivir y el haber vivido. De tal manera nos hemos acostumbrado a sentir como propia y autónoma la vida y la conciencia de existir, que hemos llegado a creernos que esta aventura de vivir es cosa nuestra, que nadie es acreedor nuestro en este milagro, que sólo cada uno, pequeñas criaturas, ha hecho posible este prodigio de estar de pie, erguidos sobre la tierra, áspera y rocosa, es verdad, pero pedestal y cimiento de nuestro ser hombres en ella.

Te doy gracias, Señor, por esta vida mía en la que he sufrido y de la que he disfrutado. Nacido en tiempo y lugar adecuados, elegidos por Ti y, en consecuencia, óptimos. Tan propios, que no me imagino otros padres mejores ni otro momento más tempestivo que los que tuve. Repaso las circunstancias de mi infancia, de mi juventud y del restante recorrido de mi vida, hasta el día de hoy, y me ratifico en que sólo encuentro desaliñadas e inertes aquellas que yo, por mis torpezas, he torcido. Aún así, con el hato de mi vida a la espalda, sólo palabras obligadas y de bendición tengo hacia Ti y sólo besar puedo la tierra que Tú pisas.

Debo también agradecerte el torrente de vida volcado sobre millones de millones de criaturas, seres que has creado, capaces de pensar como tú piensas, y de amar como amas, miríadas de mujeres y hombres que viven, que han vivido y los que vivirán, creados y mantenidos por ti, que somos expresión de que es fecundo y generoso tu amor. Déjame asimismo arrodillarme ante el misterio de tanta vida humana dolorida, humillada, truncada y destruida: Sé que la harás fecunda y algún día gloriosa. Pero, mientras, repárteles pedacitos, al menos, de nuestra propia vida, tantas veces abusada, despilfarrada por nosotros mismos. Haz Tú por ellos lo que nosotros no hacemos. Gracias por enseñarnos a vivir. Amén.

   (De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago:

(Por cortesía de COPE)