GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte, Señor Dios nuestro, los bienes materiales, que, por añadidura, nos proporcionas calladamente. El pan, alimento que encierra cuanto se sirve en nuestra mesa: la sopa de convento y los manjares, el suculento banquete de un día festivo y el azotes y galeras de la rutina semanal, el frugal y precipitado desayuno de cada mañana y el almuerzo obligado en la hamburguesería, el bocadillo colegial de los niños y el chocolate con tortitas de la abuela a media tarde. El caldito forzado del convaleciente y el plato de legumbre que se da al transeúnte. Te damos gracias también por el vaso de vino, por la caña de cerveza, por el zumo de piña y el jugo de tomate, por el agua del grifo, por la leche entera y por el agua potable de la fuente de la plaza sobre la que se empinan los pequeños a mitad del bocata…Te damos gracias, oh Dios genial y creativo, por el aceite de oliva , por el pollo troceado, la carne, las verduras, el huevo y las patatas, la tortilla española y los churros para el chocolate el día del cumpleaños de la niña pequeña.

Sólo que… Pienso ahora en el hambre implacable de pueblos enteros, de madres escuálidas, de pechos marchitos, de niños quebradizos y ancianos ensimismados en la muerte esperada. ¡Me acuso, Señor, con todos los hombres, de tantas omisiones y egoísmos con que quemamos las mieses, tiramos al vertedero las frutas, las verduras, las sobras de los banquetes de boda que habrían saciado a los hambrientos. Hago otra vez, ahora, propósito de enmienda y solidaridad, mientras redoblo las gracias porque a mí, y a tantos como a mí, nos das de comer y de beber gratuita y generosamente. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago :

(Por cortesía de COPE)