GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte el pequeño receptor de radio, el popular “transistor” que, conectado a mí mismo, forma parte de mis circunstancias vitales. Gracias por ese pequeño aparato que me acompaña horas y horas y hace llevadera mi soledad y me informa al momento, de cuanto sucede cerca y lejos. Gracias porque es útil, cómodo y beneficioso, porque me conecta con el mundo y con el vecindario, me cuenta el último suceso y me permite participar de la vida real de los hombres, porque me acerca a la sala de conciertos y me sienta en lugar privilegiado para escuchar la música más diversa, las sinfonías magníficas de los clásicos, las romanzas de la mejor ópera, el último cedé del grupo de rock o del flamenco. Gracias porque, a través del transistor, conozco a los profesionales más distinguidos, a los artistas mas premiados, a los escritores, a los misioneros de África y de Vietnam, a los políticos, al afortunado por la lotería del sábado, a las asociaciones de enfermos de cáncer, a los miembros de ésta o aquella ONG, a tanta buena gente como pulula por las calles de pueblos y ciudades. Me ha acercado a los locutores de las distintas emisoras, se me han hecho familiares, casi amigos. Gracias porque me llena las noches sonámbulas con su continuo hervor de vida, porque, en las horas de la madrugada, me adelanta las noticias, me acorta las vigilias y me predispone a la primera oración. Por tantas razones, el sencillo transistor me conduce a Ti, Señor, que estás en el principio y en el fin de todas las realidades buenas, de todos los logros del ingenio humano. Te alabo y te bendigo, Dios de las criaturas. Gracias. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)