GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte... Aún me cuesta, Señor, darte las gracias por la enfermedad. Y, sin embargo, tras años de vivirla como otra naturaleza añadida y nueva, incomprensible y fecunda, siento una fuerza interior que sí, me impulsa a darte gracias por esta áspera realidad que me cambió la vida. Y es precisamente por eso por lo que te estoy agradecido, por haberme tratado de tal manera que aquella vida anterior, normal, en fuerza y salud, tuvo su razón y su sentido; y ésta de la enfermedad como modo asentado, irreversible, también lo tiene y está abierta a la única verdad que es la verdad final. De un trazo borraste el pasado y me abriste un horizonte nuevo, sin raíces ni proyectos, en el que todo lo anterior resultaba inútil y sin salida; era preciso aprender a vivir el dolor, la soledad, la incapacidad para entender finalmente que hacia donde hay que mirar es hacia Ti, que en quien hay que pensar es en Ti, que con quien hay que tratar es contigo, que las únicas cosas que importan son las que pocos estiman y que se refieren a ambos, a Ti y a mí. Y ésas permanecen hundidas, desaparecidas, mientras la fuerza y la salud nos acompañan. Hiciste bien, muy bien, Señor, por más que la sangre y la piel se resistan aún a la renuncia. Poco a poco lo vas agradeciendo, Tú mismo lo vas explicando con la paciencia de quien sabe enseñar. Y así, uno va haciendo sitio en su mente a pensamientos que están desde siempre en el evangelio pero pensabas que podían no referirse a ti. Finalmente te das cuenta de que el camino angosto, la puerta estrecha, la cruz y la muerte son tu camino, tu puerta, tu cruz y tu muerte, tanto más ciertos cuanto más transfigurados en la resurrección que todo lo ilumina. ¿Cómo no darte gracias, Señor Dios de la gloria, si has metido mi insignificante historia en la historia de tu hijo Jesús? Gloria y honor a ti, Señor. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)