GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte el hallazgo divino de la humildad, esa florecilla tenue e invisible que engrandece a quien la lleva prendida en la mirada o asomada en la sonrisa. Tú, Dios infinito y omnímodo, encontraste la manera de hacerla tuya.

Y así, en tu hijo, único y uno en tu divinidad, hiciste que “… a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se hizo uno de tantos, y actuando como un hombre cualquiera, se humilló y se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz.” Buscó entre todas las mujeres a la más humilde nazarena para hacerla su madre, se nos propuso como hombre lleno de mansedumbre y humildad de corazón, se dejó avasallar por la crueldad y por la zafiedad humana hasta el escarnio…

Y en los pequeños ejemplos de los más humildes nos propone sus vidas en la belleza de su docilidad y abajamiento. ¡Qué bien la definió Teresa de Ávila: “… andar en verdad”! Nadie que se observe en la desnudez de su ser podrá jamás sentirse soberbio y engreído. Que si tú, Dios nuestro, por un momento nos descolgaras de tu mano, volveríamos a la nada, a la mera potencia, al no ser.

Por eso, y por muchas cosas más, te doy gracias, Señor, y por los que son y viven humildes en tu pequeña casa del universo. Amén.

 

   (De su libro “Gracias, la última palabra”)