GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte, Señor y Padre nuestro, la participación en tu paternidad creadora, tan ilimitadamente repartida, que la compartes con todo ser viviente. Eres el sumo creador, pero esa cualidad no te la has reservado como atributo incomunicable y absoluto; al contrario, has poblado el universo de padres y madres, capaces y urgidos a crear nuevos seres de su misma naturaleza; un poder admirable, dignificante y gozoso: engendrar hijos, poblar la tierra, llenarla de seres iguales a ellos, dotados como ellos de un cuerpo prodigioso, de alma espiritual con potencias y atributos participados de Ti, Amor, Verdad y Bien supremos. Gracias por esos padres, hombre y mujer, transmisores de vida, que contribuyen a tu acción creadora con nuevos hijos, en un proceso fantástico de amor dulcísimo y fecundo.

Mayor gratitud aún, si cabe, por los que engendran hijos en plural, sin “númerus clausus”, sin el cálculo frío de quien entiende a un hijo como la última pieza del equipamiento doméstico. Gracias por quienes entienden su hogar como un pequeño templo con derecho de asilo, íntimo y encendido donde se vive, se engendra nueva vida y se ama en muchas direcciones: amor de esposos, de padres, amor de los hijos a los padres, amor entre hermanos, amor circular, entretejido y abierto a cuantos forman la familia sagrada por la que, Señor, te damos gracias y te urgimos a bendecirla más y más, y mucho más: que estos tiempos son recios, llenos de ambigüedad. Ayuda y gracias, Padre, Madre y Amor. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago :

(Por cortesía de COPE)

 

GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte, Padre y Señor nuestro, tu Palabra; Palabra que nos eleva a la nueva dimensión de tu divinidad. Palabras que alimentan la vida y el entendimiento de quienes queremos escucharte y ser amigos tuyos. Tú has hablado a los hombres desde siempre y a cuantos han querido y quieran oírte. Nadie puede tacharte de excluyente; que es tu definición “Amor universal e infinito”. Hablas los mil lenguajes que Tú mismo te inventas para que nadie diga que no entiende tu idioma: palabras tuyas son el inmenso universo, la esfera del cielo, el sistema solar, el planeta azul, la tierra rica e inexhausta que nos habla de Ti por la belleza y la fuerza de sus creaturas. Palabras tuyas también, la bondad y el cariño del corazón humano.

Te escogiste después un pueblo a quien hablar de manera directa, con la misma cadencia de la palabra humana, con sonido de voz airada o afectuosa y, a través de la cual empezaste a revelar quién y cómo eres Tú y qué quieres de nosotros. Durante siglos, hablaste en voz prestada de profetas, sin mostrarles tu rostro. Y en la plenitud de los tiempos, tu Palabra esencial se hizo hombre y acampó entre nosotros. Jesús de Nazaret, tu Hijo predilecto, se vistió la condición humana y nos contó quién eres Tú, Padre y Señor, quién vuestro Espíritu y quién él, Jesucristo Señor resucitado. Te damos gracias, porque Jesús nos habló como nadie jamás lo supo hacer. Sus palabras de vida y verdad, de luz y de esperanza, están a nuestro alcance: escritas, esculpidas, narradas, predicadas… con tanta nitidez, que cualquiera las puede encontrar y hacerlas suyas. Que nunca se me caiga de las manos el Libro de los libros, la Biblia en cuya entraña suenan tu voz y tu Palabra salvadora. Amén, amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago :

(Por cortesía de COPE)

 

GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte, Señor Jesús, el pan de la eucaristía. Un pan que tú mismo has definido con inequívoca claridad, con insistencia cargante….; perdón, Señor, pero es así como suenan tus palabras: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El pan que yo daré es mi carne. Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, repetías, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna.” Insististe una vez y otra vez para que nadie dude de que eso es así, por más que te tacharan de loco y aventado y te dejaran solo con el pequeño grupo de amigos asustados. Gracias, Señor Jesús, porque en la cena pascual del jueves hiciste realidad aquel anuncio: tomaste el pan y dijiste: tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo. Y en la copa de vino: Tomad y bebed, ésta es mi sangre. Repetidlo vosotros en mi nombre; cada vez que lo hagáis se hará el prodigio: tendréis sobre la mesa mi cuerpo, en comida y bebida, que os dará la salud, la vida, la energía para vencer el mal, para fortalecer la fe, para que compartáis con los pobres, por el amor de Dios, vuestros bienes y sus angustias.

Este pan y este vino inagotables en los que estás encarnado están aquí, al alcance de la mano y de la fe. Al darte gracias, Señor, por tan grande humildad y tan amoroso invento, yo te pido perdón por el desprecio, por la indiferencia con que frecuentemente esquivo la mesa en la que estás en figura de pan eucaristía. Te alabo y te agradezco, Cristo Jesús, el pan de tu carne resucitada y resucitadora. Amén, amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago :

(Por cortesía de COPE)

 

GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte, Señor y Padre nuestro, el ejemplo de los buenos, la honradez de la inmensa mayoría, la amabilidad de la buena gente, el servicio gratuito a los más pobres, la laboriosidad, el trabajo bien hecho, la piedad y el respeto a los mayores, la solidaridad con los de cerca y con los de lejos, la compasión efectiva con el necesitado y el millón de buenos sentimientos que Tú has sembrado en el corazón humano y que brotan espontáneamente con ocasión o sin ella. Te damos gracias, Señor, Dios nuestro, por los amigos leales y desinteresados, por los que cuidan con amor y humildad a los enfermos, por los que les visitan y les besan las manos, por tantos voluntarios que, de mil y una maneras, dedican su tiempo y sus habilidades y arriman el hombro allá donde haga falta.

Te alabamos y te bendecimos, con muy especial acento, por los misioneros que viven y trabajan entre los olvidados…, no sólo en los veranos; ellos van y se entregan de por vida, con generosidad y empeño irretractables, hasta hacerse uno más, servidores de todos, entre los que no cuentan; y lo hacen por el amor que Tú, Padre Dios, les has metido a fuego en el corazón. Mujeres y hombres, anteriores en siglos a todas las ONGs que, además de impulsar el desarrollo y la promoción humana de los desfavorecidos, les hablan de Ti, de Cristo Jesús, Palabra y salvación. Te alabamos también por los maestros, por los que educan y enseñan a los niños a mirar hacia el cielo, gracias por los que escriben libros de pensamiento y de sabiduría, libros de versos, de historia y de aventuras; gracias por los museos y por las bibliotecas, por los teatros de ópera, por las bandas de música, por Internet, por las 3 uves doble, y por cuantos, de escrito o de palabra te quieren servir “in veritate, cáritas: en la verdad, sí, pero también en el amor.” Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

Con la voz del P. Gago :

(Por cortesía de COPE)

 

GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte el hallazgo divino de la humildad, esa florecilla tenue e invisible que engrandece a quien la lleva prendida en la mirada o asomada en la sonrisa. Tú, Dios infinito y omnímodo, encontraste la manera de hacerla tuya.

Y así, en tu hijo, único y uno en tu divinidad, hiciste que “… a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se hizo uno de tantos, y actuando como un hombre cualquiera, se humilló y se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz.” Buscó entre todas las mujeres a la más humilde nazarena para hacerla su madre, se nos propuso como hombre lleno de mansedumbre y humildad de corazón, se dejó avasallar por la crueldad y por la zafiedad humana hasta el escarnio…

Y en los pequeños ejemplos de los más humildes nos propone sus vidas en la belleza de su docilidad y abajamiento. ¡Qué bien la definió Teresa de Ávila: “… andar en verdad”! Nadie que se observe en la desnudez de su ser podrá jamás sentirse soberbio y engreído. Que si tú, Dios nuestro, por un momento nos descolgaras de tu mano, volveríamos a la nada, a la mera potencia, al no ser.

Por eso, y por muchas cosas más, te doy gracias, Señor, y por los que son y viven humildes en tu pequeña casa del universo. Amén.

 

   (De su libro “Gracias, la última palabra”)