GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte tu misericordia, y por ello bendecirte, alabarte, glorificarte y adorarte por tu mayor virtud hacia tus débiles criaturas; la virtud, por sobre todas, de tu misericordia.

Ya antes de mirarnos de pie sobre la tierra, lo hiciste con ojos de misericordia y compasión, con ojos de ternura. Nos hiciste mejores de cómo te quedamos: apenas nos pusimos sobre nuestros propios pies y enseguida nos vimos astillados y rotos. Y así vistos, te faltó tiempo para prender tu corazón y que en él ardiera nuestra miseria y pobreza extrema. Acababas de inventar la palabra más bella y el sentimiento más digno en ella revestido: misericordia, amor del corazón ante la miseria humana.

A partir de aquí todo se hace llano y ligero, pues te sabes amado, querido, perdonado, acogido, borradas para siempre tus traiciones, sanadas las heridas, robustecidos los brazos y el deseo del bien y la esperanza de, algún día, saber corresponder a tan inconmensurable amor. No me hacen dudar los que enfrentan a tu misericordia la justicia, como si de un duelo de fuertes se tratara, y saber quién es antes, quién es más, quién da el último, ante un pobre pecador.

Yo no puedo dudar de ti; yo sólo sé que tu misericordia está al principio y al final de tu llamada, desde el inicial encuentro hasta el paso al perfeccionamiento de tu acción bondadosa, Señor, Dios, Padre compasivo y misericordioso. Así te sé y así te siento. Amén

 

 (De su libro “Gracias, la última palabra”)

GRACIAS porque al final del día podemos agradecerte, Dios y Ser mío, tu presencia profunda, en el interior del hombre, al lado del hombre, frente a él, detrás y, al tiempo, enfrente, por encima de su cabeza y atado a sus pies como un cascabel alegrador, ciñendo su cintura, piel con piel, Dios y yo, unos.

Así estás tú en nosotros, rodeándonos, sumergido, empapándonos de tu esencia divina, distinto de mí, pero identificado conmigo en mi ser y en mi latir. Pareciéndote aún corta y débil esta ligadura, la has reforzado con el más fuerte ceñimiento de tu Espíritu y con la fuerza de la sangre de quien, “no haciendo alarde de su categoría de Dios, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos.” Y así, vestido de la misma carne, soñó nuestros mejores sueños, se irritó y gritó por la soberbia y la opresión de los poderosos.

Lo perdonó todo, aseguró gozos y contentamientos, prometió bienaventuranzas… Y ahora reparte corazones limpios, llena los barrios bajos de espíritus esperanzados, reparte la tierra a los pescadores, el reino de los cielos a las madres, las risas infantiles a los violentos…

Gracias, Dios y Padre, por este Jesús de Nazaret que conjuga tu presencia en todos los tiempos y en nosotros. Amén.


  (De su libro “Gracias, la última palabra”)

GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte el pequeño receptor de radio, el popular “transistor” que, conectado a mí mismo, forma parte de mis circunstancias vitales. Gracias por ese pequeño aparato que me acompaña horas y horas y hace llevadera mi soledad y me informa al momento, de cuanto sucede cerca y lejos. Gracias porque es útil, cómodo y beneficioso, porque me conecta con el mundo y con el vecindario, me cuenta el último suceso y me permite participar de la vida real de los hombres, porque me acerca a la sala de conciertos y me sienta en lugar privilegiado para escuchar la música más diversa, las sinfonías magníficas de los clásicos, las romanzas de la mejor ópera, el último cedé del grupo de rock o del flamenco. Gracias porque, a través del transistor, conozco a los profesionales más distinguidos, a los artistas mas premiados, a los escritores, a los misioneros de África y de Vietnam, a los políticos, al afortunado por la lotería del sábado, a las asociaciones de enfermos de cáncer, a los miembros de ésta o aquella ONG, a tanta buena gente como pulula por las calles de pueblos y ciudades. Me ha acercado a los locutores de las distintas emisoras, se me han hecho familiares, casi amigos. Gracias porque me llena las noches sonámbulas con su continuo hervor de vida, porque, en las horas de la madrugada, me adelanta las noticias, me acorta las vigilias y me predispone a la primera oración. Por tantas razones, el sencillo transistor me conduce a Ti, Señor, que estás en el principio y en el fin de todas las realidades buenas, de todos los logros del ingenio humano. Te alabo y te bendigo, Dios de las criaturas. Gracias. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)

 

GRACIAS porque al fin del día podemos agradecerte... Aún me cuesta, Señor, darte las gracias por la enfermedad. Y, sin embargo, tras años de vivirla como otra naturaleza añadida y nueva, incomprensible y fecunda, siento una fuerza interior que sí, me impulsa a darte gracias por esta áspera realidad que me cambió la vida. Y es precisamente por eso por lo que te estoy agradecido, por haberme tratado de tal manera que aquella vida anterior, normal, en fuerza y salud, tuvo su razón y su sentido; y ésta de la enfermedad como modo asentado, irreversible, también lo tiene y está abierta a la única verdad que es la verdad final. De un trazo borraste el pasado y me abriste un horizonte nuevo, sin raíces ni proyectos, en el que todo lo anterior resultaba inútil y sin salida; era preciso aprender a vivir el dolor, la soledad, la incapacidad para entender finalmente que hacia donde hay que mirar es hacia Ti, que en quien hay que pensar es en Ti, que con quien hay que tratar es contigo, que las únicas cosas que importan son las que pocos estiman y que se refieren a ambos, a Ti y a mí. Y ésas permanecen hundidas, desaparecidas, mientras la fuerza y la salud nos acompañan. Hiciste bien, muy bien, Señor, por más que la sangre y la piel se resistan aún a la renuncia. Poco a poco lo vas agradeciendo, Tú mismo lo vas explicando con la paciencia de quien sabe enseñar. Y así, uno va haciendo sitio en su mente a pensamientos que están desde siempre en el evangelio pero pensabas que podían no referirse a ti. Finalmente te das cuenta de que el camino angosto, la puerta estrecha, la cruz y la muerte son tu camino, tu puerta, tu cruz y tu muerte, tanto más ciertos cuanto más transfigurados en la resurrección que todo lo ilumina. ¿Cómo no darte gracias, Señor Dios de la gloria, si has metido mi insignificante historia en la historia de tu hijo Jesús? Gloria y honor a ti, Señor. Amén.

 

(De su libro “Gracias, la última palabra”)