Se han ido desplomando, uno a uno
los veinticuatro apeos de esta mina
del día que se ciega en esta hora.

Busca el hombre la fama y el renombre,
tiene sed de laureles y de triunfo;
quiere ser popular de cualquier modo.
Será grande o pequeño el perímetro
que abarca tu persona; en él quieres
ser centro ponderado y atractivo…
Para ello, si es preciso, se despliega
el mundo extravagante, que a la fuerza,
descubres en tu afán de novedades.

Juzgamos nuestra dimensión humana
por el tamaño del cartel que nos anuncia.
Por eso nos da envidia el idolillo
que se pone de moda en fugaz reto;
la estrella del cinema, el deportista,
el último cantante, el millonario,
el elegante snob, el último Oscar…

Mas no temáis. Ninguno de estos seres
harán fortuna en nada sustantivo.
La cruel e impávida resaca de los días
borra su nombre apenas es escrito
sobre la grata arena de las modas.

La humilde soledad, el pobre origen,
el silencioso afán de cada día,
la austera ocupación, bien encajado,
vivido con serena trascendencia
engendra al hombre grande, al hombre entero,
al que da madurez y pervivencia
a las obras que quedan. Un ejemplo:

el Hombre más gigante, la Obra suma
fraguaron en la paz y en el silencio.
Bastó saber que así Dios lo quería.
Jesús de Nazaret salvó a los hombres
con sólo acomodarse a lo que el Padre
le había encomendado llanamente.

Tú puedes ser fecundo donde te halles.
Basta con vincular a Dios tus obras.

 

Fray José Luis Gago, O.P.
(de su programa "Palabras para Urgir a Medianoche")