De la flor agostada de este día
nada puedes libar. Seca, impotente,
está cortada y mustia en tu camino.

Se carga el horizonte de congoja,
se cierra la salida a la alegría,
se agobia el alma humana con problemas,
se hunde en inquietudes el espíritu,
se asfixia el hombre con disgustos y dolencias.
Falla la fe y se declara la anemia
porque se buscan soluciones impotentes.
Justo es poner los medios ordinarios
para frenar el alud de desdichas
que a veces amenazan al hombre hundido.

Pero interesa más tener presente
algo que olvidas. Cuando todo falla
queda clavado, inmóvil e imbatido
el Cristo oculto, silencioso y dulce
que en el Sagrario espera tu llamada.
Tiene en su mano el audaz resultado,
lo que ya nadie a imaginar se atreve.
Y tú lo sabes, pues la fe te grita
que es poderoso, omnipotente y tierno,
amante y liberal. ¿Por qué no te hincas
y comes la sangrante Carne viva
de Cristo en el Sagrario aprisionado?

¡Hombre de poca fe, tú y yo, cristiano!
Roemos y lamemos las tajadas
que al paso, polvorientas, tropezamos
y no nos apetece el gran bocado
de Carne macerada de Jesús…!

No te puedes quejar de tus desdichas.
Cristo espera la hambrienta dentellada
para fortalecer tu enclenque raquitismo.
Mas no. Será preciso todavía
forzarte y empujarte por la espalda,
gravar bajo pecado tu conciencia
para que al menos, una vez al año,
te acerques, ignorante y asustado,
a deglutir sin más la Vida entera.
Amigo, por favor, piensa un momento
y mira que está Cristo en pan metido
para hacerte sencillo el dulce arrimo.

 

Fray José Luis Gago, O.P.
(de su programa "Palabras para Urgir a Medianoche")