El tejido del día se necrosa
y en el reloj tan solo queda muerte.

Óptima condición la nuestra, de hombres
nacidos y lanzados a una vida
que tras el sueño duro de la muerte
sigue inmortal, sin muro y sin barreras.
Esta genial factura, imponderable
por la tosca razón que aquí se arrastra,
debe modificar nuestro dibujo
trazado sin abierta perspectiva.

Si el alma es perdurable, si pervive,
el más allá prolonga y continúa
lo que se indica aquí racionalmente.
Quiere decir, que ahora, cada día
debemos ir hincando bien la reja
para que el surco se defina y se asegure.
Se inicia la besana en nuestra propia entraña
y no se acabará. Por eso importa
trazar con nervio el cauce recto y firme,
de manera que incida inamoviblemente
en el cerco redondo de lo eterno.

El signo y el carácter de tus pasos,
la horma y el alcance de tu gesto
vienen adjetivando lentamente
tu propio genio de inmortalidad.
El más allá conecta con tus días;
es su continuidad. No, no se trata
de esquivarlo y decir: borrón y cuenta nueva.
Si, pues, has de llegar vivo y despierto
a la clara ribera de aquel mundo
comienza a proyectar todas tus horas,
a hacerlas valederas: Si ahora mismo
hubieras de dejar esta envoltura
visible de carnalidad, dime:
¿podrías abrir de par en par el alma al cielo?

 

Fray José Luis Gago, O.P.
(de su programa "Palabras para Urgir a Medianoche")