Va rodando amortiguadamente el tren de aterrizaje
de la frágil avioneta de este día
que tú solo has pilotado en aventura.
Antes de arrinconarla en el hangar del pasado
dejémosla en el aire este minuto
por ver si se mantiene estable ahora.

Quisiera nuevamente preguntarte
cuánto y qué de lo que hoy absorbió tu tiempo
vale para algo. Tú ya sabes
para qué se nos dan los pocos años
que de vivir nos quedan en la tierra.
Tú ya sabes que no son el destino;
son un medio, un ensayo, campo de juego, de guerra,
pista de circo, proscenio donde siempre se aplaude
la mejor jugada, el triunfo, la pirueta,
el malabarismo impecable. Así precisamente
ocurre con tu propia manera de portarte.

Cuanto de bueno realices en el día
hallará el cerrado aplauso
de la triple galería que contempla
tu actuación en la cancha: Dios, el hombre y tu conciencia.
Aquí no hay división de opiniones:
lo que el hombre cabal y tu honesta conciencia califiquen,
será también por Dios firmado.
Y la firma de Dios, mi buen amigo,
se canjea por el mejor oro macizo que imaginar pudieras.
Serás rico
si cada hora va sellada
por la huella digital del Dios potente.

Si tus cosas, tus gestos, tus palabras,
tu modo de mirar, tus pensamientos,
no reciben reproche de ti mismo,
puedes dormir tranquilo: Dios coloca
en el ínfimo renglón de esta jornada
el visto bueno a todo. Mas, si ahora
tu conciencia te punza porque obraste mal,
pídele a Dios que te otorgue un día más,
que te dé un plazo. Así demostrarás, rectificando,
la genial capacidad que dentro llevas
de ser bueno y obrar el bien total.

 

Fray José Luis Gago, O.P.
(de su programa "Palabras para Urgir a Medianoche")