El comedor estaba preparado:
mesas aquí y allá; copas, cubiertos,
botellas… y en el centro un utensilio
simétrico y curioso: Vinagreras.
Sal aceite y vinagre. Fui notando
la rara coincidencia que te cuento.
En las catorce mesas la vasija
más llena era la del agrio vinagre.
La sal fina y sabrosa, el suave aceite
se habían empleado largamente,
dando a cada manjar su gusto grato.

El trato entre los hombres necesita
un especial aliño y condimento
que adobe y aderece el ancho plato
de la conversación, del roce mutuo
en que constantemente nos movemos.
En casa, la mujer grita y se enfada
porque tarda el marido o por su madre.
El hombre, por su mal temperamento
se irrita, se levanta de la mesa
soltando tacos o palabras malsonantes.
En el taller, en el despacho, en la oficina
se eructan acideces o se insulta.
En el fútbol la gente vocifera,
maldice y amenaza. Falta estilo,
falta control y juicio dominado.

Unas gotas de aceite, y no chirría
el desarticulado mecanismo.
Gotas de comprensión y de cordura
que te hagan más elástico y flexible.
Aceite que suaviza, que modera,
que abrillanta y cepilla la aspereza.
Unos granos de sal de humor y agrado,
sonrisa y caridad feliz traviesa.

Si así condimentamos nuestro trato
verás qué fácilmente se hace dulce
el vivir estañado de los hombres.
No pongas ni una gota de vinagre
en la agrietada lengua del sediento.

 

Fray José Luis Gago, O.P.
(de su programa "Palabras para Urgir a Medianoche")