En esta pequeña entrevista, el Padre Gago, ya con su enfermedad, y la prespectiva de toda su vida, nos ofrecía un repaso a su vocación dominicana.

 

¿Cómo fue tu vocación?

Todo comenzó como un sueño infantil. Tenía entonces 10 años. La cercanía con los frailes dominicos de mi ciudad natal, Palencia, fue creando en mí una especie de fascinación. Me cautivaba la belleza de su estampa, la fuerza de su predicación, el magnetismo de su trato. Me enrolé en su “colegio apostólico”. Años muy duros para un niño. Eran años de postguerra: pobreza extrema, disciplina espartana, hambre y soledad, pedagogía improvisada, intuitiva, de los maestros. Mil veces pensé en abandonar. Se iban los mejores. Pero nunca me dejó tirado la esperanza: aquello no podía durar, tenía que existir un después mejor. Y Alguien aguantó por mí. La toma de hábito fue la llegada a la tierra prometida. Así me pareció.

 

¿En qué ha cambiado a lo largo del tiempo?

Los años de formación, noviciado, filosofía, teología, y su proyección hacia el sacerdocio fueron decisivos. En realidad, aquellos nueve años constituyeron la auténtica base y cimentación de la vocación. Fueron los días de toma de conciencia del hecho vocacional, de una llamada a la que había que buscar el origen hasta llegar a la certeza de que Dios estaba en ello. Pero se trataba de una certeza inestable, agredida por fuerzas de la naturaleza, cuestionada por el discurso de la razón y tumbada más de una vez por la flaqueza y la deslealtad. Tras esa larga y ardua travesía, el don del sacerdocio impulsó de nuevo la convicción de que Dios estaba ahí. Los años sucesivos, vividos bajo el signo del sacerdocio, de la predicación y de la vida común dominicana consolidaron una convicción y una experiencia: esto no es cosa de hombres, la pervivencia en el seguimiento de Jesús es, de principio a fin, acción sostenida de Dios.

 

¿Cómo vives la llamada de Dios en tu trabajo/ocupación/ministerio actual?

Mi “momento actual” presenta unas características singulares: lo que eufemísticamente llamamos una “larga enfermedad” me tiene aparcado en la trastienda de la convalecencia, con las cartas repentinamente cambiadas, intentando aprender nuevas maneras y virtudes como la paciencia, la esperanza, la conformidad, la confianza, la fortaleza, la paz interior… buscando el sentido a la fragilidad, superando los miedos al dolor y a la muerte, evitando la tristeza y las manías, descifrando la voluntad de Dios entre las recetas y los diagnósticos. Pero los cuarenta años anteriores, de vida apostólica y dominicana, fueron años de plenitud de gracia y dones de Dios, no siempre correspondidos, pero vividos en la experiencia de su infinita misericordia. La Orden dominicana te pertrecha para el mejor ejercicio sacerdotal y misionero, al tiempo que te cobija de por vida en la comunidad. Nunca estás solo, sientes contigo a la comunidad a la que vuelves cada noche a repostar energía y amor fraterno.

 

¿Qué podrías decirle a alguien que se plantea su vocación?

Que se la plantee sin miedos, que hurgue en su interior hasta presentirla. Y no piense que se trata de un cuestionamiento extemporáneo, de un asunto impertinente o de un pensamiento que no puede ir con él. Dios llama a mucha más gente de la que responde. El solo hecho de planteárselo es un dato positivo. Cualquiera, y en cualquier momento, puede ser citado por Dios para ir a trabajar a su viña. Hay que darle gracias por la invitación y probar. Es necesario probar; Dios no llama al son de trompeta.

 

¿Qué pregunta te harías a ti mismo?

La que Lope de Vega se hace en el primer verso de uno de sus más bellos sonetos: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras…?” O aquel versículo del salmista que el sacerdote recitaba en voz baja en el momento de la comunión: “¿Quid retríbuam Dómino pro ómnibus quae retríbuit mihi?”, “¿Con qué corresponderé al Señor por todos los beneficios que de Él he recibido?”.