Mt 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegráos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

 

"Dichosos los pobres, los perseguidos..."

¡Qué extrañas palabras,
tan nuevas, tan paradójicas...!
¡Quién puede unir en un mismo corazón,
y al mismo tiempo,
la alegría y el dolor,
el hambre y la saciedad,
el llanto con la sonrisa!.

Jesús. Vino y habló como nadie jamás
lo había hecho ni lo haría ya nunca:
"Dichosos los pobres, los sufridos,
los que lloran, los misericordiosos,
los perseguidos, los limpios de corazón,
los que trabajan por la paz".

Ellos, todos, poseerán el reino,
serán hijos de Dios y le verán,
alcanzarán misericordia y serán consolados.

Quedan aún en la tierra,
aunque no se publiquen sus fotografías,
hombre y mujeres de estos: bienaventurados.

(De su libro “Minihomilías. Ciclo A”)