Jn. 14, 15-21

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»

 

Decirle a Dios
"te quiero"
es una forma de empezar a amarle.
¡Es tan fácil, tan normal, tan razonable!

Mas no siempre te atreves,
sientes vergüenza, se te hace violento,
te parece ridículo.
Y no te lo parece decir "te quiero"
a tu novia, a tu mujer, a tu novio, a tu marido,
a tu madre, a tus nietos.

Atrévete a decirle a Dios "te quiero":
palabras que horadan la piedra berroqueña
de cualquier corazón empedernido.

Decirle a Dios "te quiero"
es, sólo,
balbucear la respuesta a su amor anticipado,
a su amor previo, paciente e infinito
.

(De su libro “Minihomilías. Ciclo A”)