Mt. 5, 21-27

No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?”. Entonces yo les manifestaré: “Jamás os conocí; apartáos de mí, los que hacéis el mal”.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: ésta se derrumbó, y su ruina fue grande.

 

No todo
el que dice “Señor, Señor”
entrará en el Reino de los cielos.

A juzgar por lo que dice,
es posible anunciar la Palabra de Dios,
hacer milagros, expulsar demonios,
profetizar en el nombre del Señor…
y no ser nadie;
sólo un bronce que suena, una campana loca.
Palabras, profecías, prodigios, exorcismos
pueden ser engañosos
si no se corresponden con la práctica viva
del amor, de la fidelidad de Jesús,
del compromiso humilde y cotidiano
con los hombres, con Dios y con la Iglesia.

Decir “Señor, Señor”
solo sirve
si estás, hasta las cejas, comprometido
en el amor real, encarnado y cercano.

(De su libro “Minihomilías. Ciclo A”)