Fr. Javier Carballo, Prior Provincial de los dominicos de la Provincia de España, retrataba así la persona del P. Gago en la homilía de su funeral, el 24 de diciembre de 2012:

 

“Donde esté yo, allí también estará mi servidor”. Es la promesa de Jesucristo que como un rayo de luz ilumina este momento. Nuestra fe se sostiene en la promesa de su Palabra y en el Hecho que celebramos en la Nochebuena: que el Señor ha venido a compartir nuestra vida para que nosotros podamos compartir la suya. Ha venido para acompañarnos en cada paso, por lo que también nosotros podemos decir con San Pablo: “en la vida y en la muerte estamos con el Señor”. Nos acompaña como Luz de Dios para guiarnos y enseñarnos a vivir. Sus servidores son los que viven a su Luz y tratan de reflejarla y transparentarla.

Ciertamente hay personas entre nosotros, servidores del Señor en sencillez y autenticidad, que son “luz”: reflejo y resplandor de la Luz de Dios. Algunos tal vez hablen del P. Gago como “voz”, tantas veces oída en la radio o escuchada en la predicación. Pero antes que “voz”, lo que fr. José Luis ha sido para nosotros es “luz”. Las personas que son luz viven centradas en lo que realmente importa en la vida: en el amor, la esperanza y la fe, en la compasión y la alegría. Distinguen bien entre lo que importa y lo que no, y se entregan a ello sin confusión y sin reserva. No les tienta la fama, ni el poder ni las apariencias. Construyen su vida sobre lo fundamental, y por ello resisten en las inclemencias. El P. Gago fue una persona que supo ver dónde está lo importante y valioso de la vida, y supo atenerse a ello con fuerza. Ya fuera como formador de los frailes jóvenes en momentos complejos de grandes cambios, como cuando le tocó ser pionero en la predicación en los nuevos medios de comunicación, sin querer brillar como estrella mediática sino iluminar como predicador de la Buena Noticia. No se sirvió nunca de su profesionalidad para otros intereses que no fuera el servicio a la causa del Evangelio y de la fe de la Iglesia. Sus muchas cualidades personales y pastorales no ensombrecieron un ápice su carácter afable y delicado, sencillo y fraterno. Elegante en sus modales y sus formas, caballeroso por fuera, pero sobre todo “por dentro”; noble, íntegro, trabajador y alegre, con su inteligente chispa de humor sin ironía. No hay duda de que su exterioridad reflejaba la luz de una rica interioridad “habitada” y auténtica.

Un famoso periodista y locutor escribía en una ocasión que había comprendido lo que era la encarnación del amor de Dios al conocer al P. Gago. No es exageración periodística: en algunas personas, ciertamente, podemos vislumbrar un destello claro de luz y del amor de Dios en esta tierra; de lo que es capaz de hacer el amor de Dios en nosotros cuando encuentra un corazón bondadoso, generoso y fiel como el de José Luis.

Fr. José Luis ha encarnado el estilo del dominico de hoy, del predicador que acredita la voz de su palabra con la nobleza de su vida; arraigado en la tradición dominicana, en sus costumbres y devociones, sobre todo a Santo Domingo y San Martín de Porres; descubridor de los nuevos lugares y “púlpitos” de predicación, y renovador de los lenguajes para llegar mejor al hombre y mujer de nuestros días; modelo de lo que está llamado a ser el comunicador cristiano: aquel que transmite con pasión el mensaje que él mismo cree y vive en comunidad y que transparenta el estilo evangélico. Como todas las personas que son verdadera luz, sabía que la Luz no le pertenece, sino que uno debe tratar sencillamente de transparentarla y ofrecérsela limpia a Dios y a los demás. Y como hombre de luz nos ha dejado como legado la única herencia verdadera que nos dejan las personas luminosas: la fe y la alegría.

Hace unos días, cuando le despedía en el hospital, no hacía más que repetir “gracias”. Yo trataba inútilmente de responderle “gracias a ti” pero casi no me dejaba. “No -decía- es infinitamente mucho más lo que yo tengo que agradecer a los frailes, a mi comunidad, a mi familia, a Dios”. Como último destello nos ha dejado la luz del agradecimiento. Despedirse con esta gratitud es propio de quien sabe descubrir todos los bienes y dones que Dios pone a nuestro lado como señal de Su amor; rasgo típico de las personas con una inclinación a mirar lo bueno y valioso de la vida y a contribuir decididamente a ello; actitud que brota de quien descubre que la propia biografía no es algo simplemente natural sino un regalo inaudito y misterioso de Dios. Acaba de salir su último libro -me decía hace unos días su prior fr. Salus- con el título “Gracias, la última palabra”. De este libro quiero leeros una de sus “miniaturas” -como llamaba a sus pequeños destellos de predicación radiofónica-, para que sea la luz de su propia palabra la que dé más intensidad hoy a nuestra esperanza y confianza. Dice así:

“De tal manera nos hemos acostumbrado a sentir como propia y autónoma la vida y la conciencia de existir, que hemos llegado a creernos que esta aventura de vivir es cosa nuestra, que nadie es acreedor nuestro en este milagro, que solo cada uno, pequeñas criaturas, ha hecho posible este prodigio de estar de pie, erguidos sobre esta tierra áspera y rocosa, es verdad, pero pedestal y cimiento de nuestro ser hombres en ella.

Te doy gracias, Señor, por esta vida mía en la que he sufrido y de la que he disfrutado. Nacido en tiempo y lugar adecuados, elegidos por Ti y, en consecuencia, óptimos. Tan propios, que no me imagino otros padres mejores ni otro momento más tempestivo que los que tuve. Repaso las circunstancias de mi infancia, de mi juventud y del restante recorrido de mi vida, hasta el día de hoy, y me ratifico en que solo encuentro desaliñadas e inertes aquellas que yo, por mis torpezas, he torcido. Aun así, con el hato de mi vida a la espalda, solo palabras obligadas y de bendición tengo hacia Ti y solo besar puedo la tierra que Tú pisas.

Debo también agradecerte el torrente de vida volcado sobre millones de millones de criaturas, seres que has creado, capaces de pensar como Tú piensas, y de amar como amas, miríadas de mujeres y hombres que viven, que han vivido y los que vivirán, creados y mantenidos por Ti, que somos expresión de que es fecundo y generoso tu amor. Déjame asimismo arrodillarme ante el misterio de tanta vida humana dolorida, humillada, truncada y destruida: sé que la harás fecunda y algún día gloriosa. Pero, mientras, repárteles pedacitos, al menos, de nuestra propia vida, tantas veces abusada, despilfarrada por nosotros mismos. Haz Tú por ellos lo que nosotros no hacemos. Gracias por enseñarnos a vivir. Amén”.

A menudo, la última luz que las grandes personas y creyentes nos ofrecen es su modo de afrontar la enfermedad y la muerte. El P. Manuel, su médico y amigo en estos últimos años, me decía que había sido una auténtica gracia haber podido estar al lado de José Luis en su enfermedad, y que daba gracias a Dios por este tiempo. En esta Acción de Gracias de la Eucaristía nos unimos en comunión de fe y amistad con José Luis Gago para dar gracias a Dios por Jesucristo, Luz nueva cada Navidad que nos enseña a vivir, y le guiará a su Reino de Luz sin ocaso. Gracias a Dios, por supuesto, por la vida del P. Gago y por haberle llamado a la vida dominicana. Y a ti, fray José Luis, por tu vocación como fiel y noble servidor de la Palabra, encarnación transparente del amor indecible de Dios, por tu voz de predicador y, sobre todo, por la luz de Dios que nos has regalado, permíteme, permítenos en esta celebración, anticipo de la fiesta de la Luz de Dios que es la Navidad, que te despidamos con tu misma última palabra: ¡gracias!

 

Fr. Javier Carballo, O.P.

Prior Provincial