Desde el interior de mi alma, al corazón de Dios donde vives.


Querido José Luis,

En estos días nos preguntamos sobre los misterios de la vida. Tú, sin embargo, ya los tienes resueltos. No sé por qué extraña razón, tu último libro -"Gracias, la última palabra"- sigue en mi mesilla. Ya lo he leído. A veces de manera lineal, otras transversalmente. Me ha encantado. Pero sigue allí. No quiere fundirse con los cientos de libros que están en las librerías del despacho. Quiere destacar. Tu palabra desea seguir siendo útil. Y demostrarme que, a pesar de las contrariedades de cada día, debemos dar las gracias. Gracias… porque siempre nos debemos sentir mimados por Dios.

Muchas veces he pensado sobre lo mucho que tenía que haber hablado contigo. Nos conocimos tarde, aunque siempre fue un placer enorme estar a tu lado. “Tardé te amé”, utilizando las palabras del gran Agustín. Recordaba cómo un Viernes Santo, de no sé qué año, Punto Radio nos citó en el Ayuntamiento para retransmitir la procesión. “Fray José Luis Gago estará en la retransmisión…”. Entonces aquel sacrificio de ver los pasos desde la pantalla de una televisión, y hacérselos imaginar a los oyentes, me compensaba. Hoy me encantaría recuperar aquella grabación, tú y yo juntos. Pero sabes perfectamente que la gente de los medios somos un poco descuidados para estas cosas.

Anteriormente, tú me habías indicado que sería estupendo que ambos dos participásemos en un proyecto de "musealización" -atención a la palabreja- acerca de la Semana Santa de Medina del Campo. La empresa encargada no ganó el concurso público de adjudicación -¿recuerdas?- y nos quedamos sin compartir aquel trabajo. Hoy me doy cuenta de la satisfacción que me hubiese producido llevar a cabo aquel proyecto junto a ti.

¡Cuán amables fueron tus palabras en la primera reunión que tuvimos! Parecía que habíamos vivido muchas cosas juntos, conectamos rápido y, sin embargo, apenas nos habíamos visto antes. Tú habías sido el gran director de la Cope de las estrellas y yo, solamente un colaborador de la emisora, que había terminado una Tesis Doctoral sobre la Compañía de Jesús y algunos libros publicados. Pero, ese eres tú. Haces con tus palabras, con tu conversación, con tu mirada que cada uno seamos únicos.
Después de tu partida han ocurrido muchas cosas importantes. Acontecimientos que me hubiese gustado narrar contigo en la radio o profundizar en la sala de visitas de tu convento: Un Papa dimite, se convoca un cónclave, los católicos tenemos necesidad de que las cosas cambien, los cardenales eligen un jesuita… ¡un jesuita, fray José Luis!, que ha querido llamarse Francisco… No me doy cuenta, pero seguro que tú te enteraste de todo esto antes que nosotros, cuando el Espíritu Santo hizo las maletas y os dijo: “me voy a Roma”. Las cosas han cambiado, las palabras del Papa son carismáticas, como las de Benedicto XVI eran sabias.

Recuerdo cuando murió Juan Pablo II. Una de las tardes inmediatas aterrizamos la familia en San Pablo. Paseaba por vuestro callejón fray Jesús María Palomares. Empezamos a hablar con él. Al fondo, se hallaba, vestido con el hábito blanco, fray Manuel. Y mi hija Cristina, con apenas dos años, empezó a gritar: “Mira papá, ¡el Papa!”. En estos días nos han anunciado que la Iglesia va a declarar santos a Juan Pablo II y a Juan XXIII. Ya sabes cómo somos aquí de canónicos con lo de los santos. Tú ya lo eres, sin tanto proceso, porque estás en presencia de Dios, abrazado a Dios, a la sombra de Dios, dentro del corazón de Dios.

Por lo demás, esta semana volveré a examinar y corregir en la convocatoria de julio. Y sigo escribiendo unas veces en El Norte de Castilla, otras en Ecclesia, otras en Iglesia en Valladolid… Y después los libros: sobre jesuitas, conventos de clausura, patrimonio artístico de la Iglesia… ya sabes: mis temas habituales, empeñado en que la cultura sea un medio de descubrir el rostro más bello de Dios. En esto me ayudarás, ¿verdad?

No se te olvide ni te canses de interceder. Háblale a Dios bien de nosotros, como lo hacías aquí. Él nos conoce, sí, pero recuérdale que queremos ser buenos hijos suyos, aunque llenos de defectos e inconstancias; que nos colme de ilusiones, que sepamos trazar nuestro camino con esperanza, que nos dé fuerzas para construir un mundo y una Iglesia mejor, sabiendo que ambas cosas son posibles.

A los que somos padres, inspíranos sabiduría; a los que somos profesores, vuélvenos a inspirar más sabiduría, para que nuestro testimonio sea digno de los que nos escuchan; en los que vienen por detrás, suscitad vocaciones; en las familias, inundadlas de armonía y felicidad. Y todo con humildad, que de esa nos falta mucho, sabiendo que lo que hemos recibido no han sido sino talentos recibidos de Dios, que las cosas buenas son dones del Padre que nos ama.

En el día a día, José Luis, continuaré dando gracias: tu libro continúa en mi mesilla. Mujeres y hombres de sonrisa, alegres, ilusionados, de esperanza y energía como lo eras tú, como lo eres ahora, que estás con y en Dios.

Te recuerdo que es lo mismo decir, te quiero

 

 Javier Burrieza