Miro ahora, querido José Luis, la imagen del campo que deja la luz y que limpia el viento de este día de Navidad, para que nada se quede sin su verdadera imagen. Lo miro despacio, como hay que mirar el campo, y te distingo en el verdor, en los olivos, en el río que suena, y en el cielo celeste. Y sobre todo en la luz. Porque si fuiste luz en la tierra, lo serás entre quienes estés; luz de alma, limpia luz de mirada, de palabra, eterna luz de generosidad, humilde luz de sencillez, profunda y apenas visible luz de conocimientos.

Llegaste a mí hace ahora cuasi veinte años. Porque viniste a mí, y yo supe, desde el primer instante de tu palabra, que estaba hablándome alguien que sería mi amigo, que me tendría de amigo siempre. Hubo siempre en ti, en todo cuanto tratabas, una luz que enamoraba, una placidez que obligaba a la entrega, una amable puerta abierta por la que nadie podía negarse a entrar. Fuiste para mí, desde el primer instante –no sé si te lo dije, pero lo sabías la más cercana noticia de la existencia de Dios. Porque si Dios no estaba en aquel hombre que me miraba con una luz de amor y de amistad, con un brillo de humilde bondad, ¿dónde iba a estar, si no?.

Aquella Cope que empezó a ser mi casa de la radio, entre las muchas riquezas humanas que me ofreció, tenía una figura sobresaliente, el padre José Luis Gago. Puse en tus manos entonces, hace cuasi veinte años, unos folios, un cuento de Navidad escrito cinco años atrás: “El día que Jesús no quería nacer”. Sí, lo escribí yo, pero no fue hasta llegar a tus manos cuando el cuento se hizo de todos. Y empezó a sonar, como si fuera una de tus magistrales predicaciones, en todos los rincones de España. Querías a ese cuento como a una criatura propia. Yo, que sabía y sé que sin ti nunca hubiese sido lo que es, lo llamaba, cuando hablaba contigo, “nuestro cuento”. Porque era nuestro, es nuestro, José Luis. Y como yo sé que tus manos te las hizo Dios para que dieras, el cuento se quedó en tus manos para darse, para dar.

Te has ido – ni los médicos se explicaban por qué una agonía tan larga el día que el cuento se estrenó en teatro, en Sevilla. Le habías dicho a Alberto, tu hermano, quince días antes, “Yo estaré el 22 en Sevilla”. Y estabas muriéndote, que todos decían que no saldrías de esa noche. Yo sabía que “estarías” en Sevilla el 22. Y estuviste, querido José Luis. Lo sentí en el escenario, en cada palabra, en cada verso del cuento. Por eso sé que el Jesús que nace, en mi cuento y en el mundo, está ahora en tus brazos. Es lo menos que Dios podía hacer por ti, amigo.

 

 A. García Barbeito