El 18 de Diciembre de 2012 me acerqué al Hospital Clínico sobre las 11 de la noche. Susana, sobrina del Padre Gago, me había llamado porque éste se encontraba con dolores muy intensos, obnubilado y con fiebre. Unos colegas que habían estado visitándole con anterioridad habían manifestado que la bomba subcutánea de perfusión que le había sido implantada días atrás había dejado de funcionar. Recomendaban que los médicos que la habían implantado, en el Hospital Rio Hortega, fueran los que también allí la retiraran. Por lo demás no se podía hacer más. Realmente el fallecimiento parecía inevitable en cuestión de horas. Por ello decidí administrar analgésicos (morfina) y mantener el tratamiento antibiótico.

Regresé a primera hora de la mañana. Me sorprendí al comprobar que el Padre Gago estaba consciente. De hecho me reconoció y me llamó por mi nombre, y aunque débil, su voz seguía siendo cálida y reconfortante. Una vez más los pronósticos médicos habían fallado con él.

Esa mañana Fray Salus y Fray Manuel González estuvieron conversando conmigo. Desde el punto de vista médico la situación era muy grave: Insuficiencia renal en anuria, enfermedad maligna en fase avanzada y situación irreversible. Las opciones médicas de traslado al Hospital Río Hortega, de diálisis, o incluso de administrar quimioterápicos - como llegaron a sugerir algunos médicos - se habían descartado. La postura del Fray José Luis, junto a las deliberaciones que habían tenido los frailes en el convento, era clara. Una postura tranquila, sencilla, sincera, honesta y muy generosa. Una postura que - como me explicaron Fray Salus y Fray Manuel – el Padre Gago había tomado ante una situación clínica sin solución: que no emplearan medidas extraordinarias con él, pues además de no lograr su curación, sólo podían mermar los recursos para quienes las necesitaban con más urgencia.

Como anestesista he tenido que convivir y convivo habitualmente con situaciones terminales, y puedo afirmar que la serenidad y generosidad sincera con las que aceptó la evolución de su enfermedad resultan admirables y nada habituales. El Padre Gago se mostró en todo momento tranquilo y sosegado, transmitiendo paz a su alrededor, sabedor de que Dios estaba llamando a su puerta.

Alcanzado este momento desestimé hacer cualquier pronóstico sobre la duración de la agonía. Los siguientes días consulté con otros compañeros de especialidad y decidí mantener la perfusión de analgésicos y sedantes, que pudieron calmar - no siempre - los fortísimos dolores que padecía. Fray José Luis se mantuvo hasta el último momento tranquilo, sereno, muy acompañado de su familia y de los frailes del convento.

Padre Jose Luis GagoEl Padre Gago se fue dejando un testimonio admirable, salvando situaciones límite que no encuentran una explicación racional con criterios estrictamente médicos. Nos queda su recuerdo grato, entrañable y reconfortante, y no puedo más que manifestar admiración por su persona.
 

Alfredo Carrera
Médico Anestesiólogo
Hospital Clínico Universitario de Valladolid