José Luis fue intervenido quirúrgicamente el veinticinco de noviembre, con objeto de introducirle -incrustada en el costado bajo izquierdo- una "bomba": aparato de última generación tecnológica médica, que le favoreciera la oportuna dosis de morfina y medicación. La deformación tortuosa de su columna vertebral que lo dificultaba y la ya escasa resistencia de su condición física, impidieron completarla a los cirujanos. Forzosa interrupción, por la que éstos valoraron rematarla el lunes siguiente, tres de diciembre, tras nuevas radiografías de localización para la instalación del catéter a través de su dañada columna vertebral.

Igualmente, el veintiséis de noviembre en el mismo hospital "Río Hortega", nuestra hermana Margarita, era también objeto paciente de los cirujanos. Ambos hermanos, pues, compartían post-operatorio, agregándose a los hechos, la "peculiar" atención a Daniel, su esposo: enfermo de un profundo párkinson; impedido para cualquier tipo de movilidad y expresión y necesitado de total asistencia y ayuda personal.

A setecientos kilómetros, desde Cartagena, estas noticias se vivían con nerviosa inquietud y preocupación ciega de los hechos, que la distancia obstruía y distorsionaba aún más. La línea telefónica no resultaba consoladora, ni aportaba apaciguador sosiego.

El conocimiento de la situación, el amor fraterno y la obligada caridad, bullían en nosotros ante aquél "cuadro". ¡Había que echar una mano! A toda prisa, Julia y yo, decidimos viajar a Valladolid la madrugada del treinta de noviembre.

Llegados a primera hora, Julia dedicó inicialmente su atención a Margarita, desdoblándose entre el hospital y Daniel, con preferencia. Mientras, yo me "anclaba" las tardes, noches y cuanto podía del día, a la persona de José Luis, necesitado de atención, compañía y cariño. Deseaba, ¡necesitaba!, exprimir y degustar su "persona", sus últimos momentos -lo sabía- en esta tierra.

Desde las primeras horas de aquella mañana del treinta, hasta la tarde del seis de diciembre que retornamos, el Señor Dios me concedió una gracia singular y "exclusiva": poder "cohabitar" con él, poder "saborearle", poder "descubrirle", velando sus noches y sus sueños o a plena luz del día. En silenciosa oración, con mirada enternecida, con copiosas caricias tranquilizadoras en sus manos y besos ligeros en su frente, acompañaba con admiración y respeto fraternal y amoroso, a mi hermano: aquél "cristo yacente".

He sido testigo de sus pocas, pero enjundiosas, palabras "terminales": ¡perlas para mi collar! La mayor parte del tiempo callaba. Y en sus silencios, pensaba y rezaba. Elegía el descanso y el recogimiento -supongo-, anteponiendo el silencio a la conversación. Sus escasas palabras -las "nocturnas" sobre todo,- desvelaban, desnudaban, la profundidad y la grandeza de su corazón. Allí, en aquella habitación de hospital, contemplé hecha carne doliente, la Palabra: "De lo que abunda el corazón, habla la boca". Pocas palabras, insisto. Pero, ese "poco" de su alma, fue sobrado.

Se me traslucía la mente, el corazón y el ser de un alma que ha escuchado al Señor que le llama, y que sabe que ya ha salido a buscarle. ¡Qué oído más "afinado" tuviste siempre, José Luis, para escuchar a Dios y a los hombres!

Ya en la habitación del hospital, en la primera oportunidad que tuve de quedarme solo con él, le abordé afectuosamente, pero directo, su estado grave y terminal. Su respuesta, alojaba tranquilidad serena:

.- "Sabemos dónde vamos. Pues cojamos el tren ya, no sea que lo perdamos"

Especialmente durante el día, en esta etapa del "Río Hortega", José Luis se mostraba cuasi pleno de su ser: pacífico, suavemente sonriente, amable, agradecido, consciente de todo y para todos. Con una mueca de burla ante la muerte: no abandonó su efervescente "chispa" característica:

.- "¿Tienes muchos dolores, Mano?", le pregunté en una ocasión, por "espabilarle" un poco.

.- "Algunos "dolorcillos"...", contestó disculpándose. 

.- "¡Joer! ¡Dolorcillos, dices...!", le repliqué.

.- "Así los llamo yo, para que me parezcan más pequeños. ¡Hasta me he hecho ya amigo de ellos...!", continuó jocoso.

Insistí sobre su gravedad, soslayando su broma, comentándole que no eran esas mis informaciones, que por algo le habían puesto la "bomba" de morfina, que los médicos dicen que y que todos dicen que...

.- "Exageraciones", me interrumpió.- "¡No se portan tal mal, hombre...!", mientras su sonrisa tranquilizadora espantaba cualquier preocupación ajena. La mía, en ese momento.

Otra de aquellas mañanas, tras la marcha del P. Manolo, que diaria y puntualmente ejercía de enlace "a la hora de los médicos", y antes de que llegara "Josico" (el P. José Luis Zabalza), mi sustituto a la hora de comer, me pregunta:

.- "Mano, ¿cuál es el acorde más dulce?".

Recordé entonces, que esa pregunta la solía hacer nuestro padre, bromeando. Yo sabía la respuesta:

.- "Re-La-Mi-Do", le respondí.

.-"Solféalo", continuó.

En aquel clima de fraternal entretenimiento me puse a solfear, cantando.

.- "No es así, no es así", disentía, bromista.

Yo, seguro de mi correcto solfeo, le disputaba reiterando la entonación. José Luis sonreía con mis "empeños".

.- "Me estás haciendo trampa. Metes un bemol", insistía con picardía.

.- "Pero, ¿dónde, Mano? ¡A ver, dime dónde pongo el bemol!". 

.- "¡En el "miii!", me subrayo, rematando con leve sonrisa. 

.- "Que no, Mano, ¡mira...!".

Y volví a reiterar el canturreo del "Re-la-mi-do". Le veía disfrutar con su broma. Se mostraba feliz en aquel recreo fraterno con su "Manín", a quien tanto quiso. ¿Dije quiso? No, corrijo: ¡quiere! Tras esto, recurrió a un descansado silencio hasta la hora de comer.
Los primeros días que Margarita estaba hospitalizada y los siguientes de convalecencia, era yo quien le atendía sus comidas. Bueno, "comidas", es un eufemismo. Imaginamos el bouquet de la comida de hospital: sosas, frías o, para su estado, inapropiadas.

.- "Prueba un poquito de esto. ¡Anda, Mano, a ver si te gusta! ¡Que tienes que comer algo, hombre...!", le animaba, acercándole un escasísimo trozo de lo que fuera a la boca. José Luis obedecía dócilmente, en principio, haciendo un monumental esfuerzo y... masticaba. Pero al cuarto o quinto intento...

.-"No me des más", me rogaba suplicante. En una de estas...

.-"¿Esto qué es?", me pregunta conociendo "el menú" que yo le anticipaba.

.- "¡Calamares a la romana, señor!", respondí yo con solemnidad ridícula.

.- "Pues parecen neumáticos de la Michelín".

¡Vaya si tenía razón!

.-" Déjalo, Mano". 

Así prácticamente cada día, con cada plato. Y el postre... forzándole. 

Tras acabar de comer aquel día, me comenta con humor:

.- "Hay que decirle a la hermana, que debe volver a las buenas costumbres cuando se ponga bien".

Las "buenas costumbres" que reclamaba, eran los sabrosos calditos y purés, la tortillita francesa de "algo" o su anhelado trocito de tortilla de patatas que Margarita, con disimulada sagacidad, introducía en el hospital por las tardes y que José Luis disfrutaba como una grandiosa pitanza. ¡Cualquiera no...!

Eran primeras horas de una tarde; hora de la siesta. Otra vez solos en silencio. José Luis descansa dormido, cuando de pronto me inquietó al exclamar: 

.-"¡Ay, ay, ay, ay...!"

Sorprendido, salté presuroso del sillón hasta su cabecera. Nunca le había escuchado una manifestación de dolor.

.- "¿Qué te pasa, Mano?, ¿qué te duele?", le pregunté preocupado.

Jocoso y tranquilizador, me sorprende:

.- "¡Nada, hombre! ¡Tranquilo!. Pero si no aparentas estar enfermo, que algo te duele, pueden pensar que estoy aquí ocupando en balde e injustamente una cama del hospital".

Y sonriendo pícaro, apostilla:

.- "El "ay", es sin hache, ¿eh?".

Los dos reíamos. Y tranquilo, cerrando sus ojos, torna al descanso. 

Por aquellos días, Antonio G Barbeito, "amigo-hermano" o "hermano-amigo" -tanto monta, monta tanto-, desde aquella Nochebuena radiofónica de su "Jesús no quería nacer", me había pedido que le tuviera puntualmente informado de su estado y circunstancias. En uno de sus mensajes al móvil, me pedía le trasladara a José Luis: El día 22 y 23 de diciembre, se representaba en Sevilla el estreno mundial, en teatro, de su obra. Con todos los gastos pagados, José Luis estaba invitado al estreno, como "co-autor".

Trasladado el ofrecimiento de Antonio a José Luis, con toda naturalidad exclama: 
.-"¡Pues habrá que estar el veintidós en Sevilla!".

.-"¿Cómo quieres ir: en ambulancia o en avión?. ¡O andando...!", le respondí irónico.

.- "Habrá que ir al estreno, ¿no? ¡El veintidós estaremos en Sevilla!", añadió categórico.

El veintitrés de diciembre por la mañana, Antonio Gª. Barbeito me enviaba este mensaje: "...el Nacimiento de Jesús lo hace posible –por los ruegos del Amor recibidos-, el Ángel. Es una decisión del director. Y te juro, Alberto, que cuando vi al Ángel sacando del zurrón al Niño y levantarlo, glorioso, mostrándoselo al mundo, vi la imagen sonriente de José Luis. A Dios le pido por él." 

¿Poesía de Gª Barbeito...? ¿Alucinación...? José Luis había muerto a las siete de la tarde; la obra acababa sobre las ocho y media. A los resucitados, ¿no se les atribuyen propiedades "extrañas", sobrenaturales? Ahí lo dejo. Pero yo le creo a Antonio. Y sé cuánto quería José Luis a su "hermano-amigo" o "amigo-hermano".

El tres de diciembre por la mañana, estaba anunciado continuar y completar la intervención anterior. Nuestro "Manuero", para la familia, -el P. Manuel de la Fuente-, constante, eficiente y caritativo "médico de compañía" de José Luis y yo, acompañamos su camilla hasta el quirófano. Bendijo a José Luis, y nos instalamos en la Sala de Espera durante las cuatro horas de la operación. Allí me ilustró, con un desarrollo inteligible a un profano y exacto, sobre el mieloma múltiple y los alcances, efectos y secuelas en la enfermedad de José Luis.

Eran ya sobre las cuatro o cinco de la tarde. José Luis, tras la "agresión" sufrida en la intervención de la mañana, entra inesperadamente en estado de coma. Valoración y actuación de emergencia hospitalaria: médicos, enfermeras, apresuramiento sanitario... Pinchazos aquí y aquí y allá, que le son aplicados en venas ya ilocalizables, imposibles, y en los goteros.

 - "¡No le encuentro las venas!", se lamenta en voz alta una enfermera. Ni una mueca recusando el dolor, ni un movimiento tenso de rechazo.

"Se nos va", pensamos Julia y yo, solos con él en aquel punto dramático. Parecía haber llegado el momento final. Llamadas a nuestra hermana, a los frailes... Las horas de la tarde transcurren en tensión silenciosa.

Gracias a Dios, esa noche, los auxilios médicos parecen haberle recuperado sus alarmantes constantes vitales. Aunque, afectado, está tranquilo. Pero el riñón sigue sin funcionar. Julia también comparte aquella vela hospitalaria. La distensión, el silencio y la tenue luz azulada de la habitación nos acompañan y nos permiten una tregua. Le rezamos "bajito" Completas. José Luis acompaña. Sólo resta el descanso en entrevela.

Pero el silencio, a la madrugada se rasga. Su natural respiración tranquila, se transforma en sofocante, agitada, arrítmica. Su rostro es adusto, sus ojos cerrados: ¡es un nuevo estado de coma! No han pasado doce horas y... el mismo ritual de emergencias.

.- "La creatinina la tiene muy alta, las constantes neurológicas muy bajas. Está muy malito", nos explica la enfermera. ¡Uuuf...! Por fin, le han vuelto a recuperar, gracias a Dios, de nuevo. -"Hasta mañana, ¡si Dios quiere!, Mano". A la vez que un beso entristecido en su frente, acompaña mi mejor deseo.

Ante estos "avisos" y el cuadro médico que presenta -7 y 8 % de creatinina generada por el mal funcionamiento de su riñón-, la mañana del cuatro de diciembre, se presenta una nefróloga en la habitación.

Le propone y recomienda como remedio a su dañado estado renal y con promesas de mejor y más prolongada calidad de vida, un nuevo tratamiento de diálisis. Pero es él quien debe tener la última palabra: aceptar o renunciar el tratamiento. Sólo veinticuatro horas para decidir.

Ausentada de la habitación la doctora, ante la falta de respuesta de José Luis, abordo el tema y le hago patente mi opinión:

.- "No sé qué decidirás tú, Mano. Por mi parte opino, como hermano, que no quiero verte sufrir más. Que ya has padecido bastante. Recuerda el estado en que subías de la diálisis, aquel verano en el Clínico. No sé medicina, pero en tu estado actual, estimo que la diálisis sería "darte la puntilla", en vez de procurarte una mejora. Es mi opinión, Mano. Pero, ya ves que la decisión última es tuya. No quiero mediatizarte".No obtengo respuesta. Un prolongado silencio -o a mí me lo pareció- nos escrutaba. Me preguntaba interiormente, contemplándole: "¿Qué decidirá?; ¿qué estará pensando?".

De pronto, con brío, y enérgico, rompe el silencio: 

.- " ¡Está dando portazos y voces...!".

.- "¿Quien, Mano? ¿Quién da portazos?", le pregunto extrañado.

.- " ¡El Señooor...! ¡Y no queremos más que ponerle, impedimentos y trabas!".

Y a reglón seguido, determinante, "talla" estas palabras:

.- "Este año, cantaré los villancicos en el Cielo. Si tengo que cantar la Navidad allí...".

Deja suspendida su voz, señalando con su índice el Cielo. José Luis ya había optado por su mejor "tratamiento": cantar la Navidad en el Cielo.

Esa misma tarde, convocó la presencia del P. Salus, su Prior, de Fray Justino, de nuestra hermana y la nuestra, para comunicarnos a los allegados su decisión. Desgraciadamente, Julia y yo nos perdimos esta segunda secuencia en vivo y en directo. Pero los testigos presentes manifiestan que, con toda lucidez, serenidad y emoción, como quien se despide, conmocionado -incluso les pidió perdón por ello-, les comunica su decisión de renunciar al tratamiento de diálisis:

.- "Vamos a dejar hasta lo que mi naturaleza aguante. Estoy en manos de Dios. Deseo morir en paz".

Sus palabras, la emoción, los sentimientos, las lágrimas, sobrecogían el corazón de los presentes más que el suyo propio.

Esa misma noche, algo más recuperado, parecía dormir tranquilo en la oscuridad de la sala. Julia y yo andábamos por la entrevela, cuando le oímos exclamar tenuemente, un claro lamento:
.- "¿Qué has sembrado? ¿Qué has sembrado?"

Me acerqué a su oído y suavemente le pregunté:

.- "¿Qué dices, Mano?". Y lo repitió, como ansiando una respuesta:

.- "¡¿Qué has sembrado?!"

Intuyendo que no se estaba refiriendo a mí, le contesté dando un "capotazo".
.- "Yo, no sé... Tú, una buena cosecha".

Giró su cabeza hacia mí, me miró y resolvió así:

.- "No me entiendes, no me entiendes...". 

Sus ojos cerrados, probablemente encubrían ante esta pregunta que sonaba a final de obra, la revisión de una vida, de su vida, de su conciencia, de sí mismo en el silencio y la tranquilidad de la noche.

A primeras horas de la madrugada de la noche siguiente, le escuchamos decir, concluyente: 

.- "Todo está cumplido. Todo está cumplido".Y me resonó redivivo, el eco de las palabras del Señor en la Cruz.

El cinco de diciembre, recibí una llamada de la Universidad Politécnica con la solicitud irrevocable de incorporarme al trabajo el día siete. Si no lo hacía, seguiría en "el paro". Mi corazón deseaba ardientemente quedarme con José Luis. Quedaba poca arena que caer en su reloj y prefería mi hermano a todos los trabajos posibles. Oyéndonos comentar el tema entre Julia y yo, resolvió la duda, certero:

.- "Debes coger ese trabajo. Tienes una familia. ¡Mañana mismo, os vais a Cartagena!".

Todos los días de esa semana, rezábamos (le) los Laudes Julia y yo, tras asearle las auxiliares: las ocho de la mañana. Él escuchaba sin participar "activamente", digamos. Pero, notábamos que nos acompañaba en su alma orante. La mañana del seis de diciembre, acabados los Laudes, -no recuerdo por qué "tontería"-, traté a Julia con cierta aspereza verbal y malos modales. Acabada mi "trifulca", me corrigió así:

.- "Tanto rezar... Si no eres dulce y amable...". Era cierto. Me había amonestado, abriéndome la puerta hacia lo bueno, en positivo.

La tarde del seis obedeciendo sus deseos, nos volvíamos a Cartagena. Llegaba la áspera hora de la despedida, con la duda de si volvería a verle vivo. Pretendía no emocionarme y expresarle mi cariño, dejándole contento al irnos.

Días antes, habíamos bromeado a propósito del nutrido número de doctores que convocaba su enfermedad:

.- “Esto parece el Coro de doctores de “El rey que rabió”.

Le dije en una ocasión: - “¿No recuerdas la zarzuela?”

.- “Ahora no me viene…” Y ahí cortamos, no sé por qué.

Entendí, entonces, -no sé si bien o mal- que nuestro adiós estuviera impregnado de alegre “chascarrillo”. Y al despedirme, me arranqué cantando el “Coro de doctores”: - Con la lengua fuera, torva la mirada, húmedo el hocico, débiles las patas, ....

Me interrumpe y me dice:

.- "¡Anda, gamberro, anda! ¡Iros ya a Cartagena que está muy lejos!".

 

Fue la última vez que personalmente me dirigió la palabra. Pero sonreía, al ver a su Manín una vez más "haciendo el gamberro". Le dimos un beso y salí andando de espaldas sin quitar mis ojos de José Luis. Conservando su rostro, hablándole en diálogo de miradas, dejando en sus ojos, aún abiertos, un sentido: Te quiero, Mano".