"Qué lejos está esto, Mano”, comentaba José Luis al llegar a Cartagena, en su único viaje, en 2008. A esa misma distancia, ¡qué lejos te sentía yo también, Mano! Sí, ¡qué lejos!. Si al menos pudieran verte mis ojos... Terminal o como fuera, ¡pero verte!  Cohabitar contigo otro retazo más de tiempo, al remanso de tu cabecera doliente. Beberte otro poco tus últimos sorbos, vivo. Quizá cuando te viera, pensaba, tuvieras ya los párpados cerrados y tu rostro de cera, frío. El pensamiento de la muerte no es agradable. Aunque tengas fe y fortaleza de ánimo no resulta atractivo. Y aunque el destino de los hombres sea la Eternidad, la muerte nos duele. Más aún, cuando el protagonista es tu querido hermano. Para qué nos vamos a engañar. El caso cierto era, que la muerte golpeaba su puerta para parar su reloj y llevárselo por delante. Presentir la muerte de un ser querido, mi hermano, y verla tan cerca, tan afilada, tan ineludiblemente tajante, era...

Por otro lado, la deseaba remota, aplazada. Éramos muchos orando por él. Aún así, no podía, no, hacerme trampas, magia de quimeras. Y mi alma dolorida, le suplicaba a Dios una ilusionada prórroga: “Señor, ¿no puedes esperar?”, le preguntaba a Dios. Sobre todo, animado por las noticias que embalsamaban su partida inminente: "José Luis sigue bastante mejor de cómo le vimos aquellos primeros días. Mantiene una lucidez espléndida y da gusto verle en su estado habitual. Vamos, lo que es él", me trasladaba el P. Salus, su prior.

El doce de diciembre nos comunicaban su traslado del hospital Río Hortega al hospital Clínico Universitario. El traslado, una flagelación para su destrozado cuerpo, para su espalda. Revolcándole de aquí para allá y de camilla en camilla: un peregrinaje torturador, mortificante, martirial. ¡Hasta cuatro "pases"!, desde una cama a la otra. José Luis hacía carne de nuevo la Palabra: "No os resistáis al mal". Y también, aquella otra de Isaías: "No abrió la boca, como uncordero llevado al matadero".

Según van transcurriendo los días, los dolores se incrementan. Más dolores: ¡más morfina! Hasta llegar a provocarle unas nauseas que le impiden comer lo más mínimo. Cuesta aceptar el querer de Dios. Cuesta remontar la pendiente al Calvario.

El cáncer es una constante agonía, una sentencia de muerte. Vivimos en una continua despedida, cierto, pero cuesta asistir a un tormento así. Más aún, a distancia. Sólo la fe, ¡sólo ella!, me lleva a pensar que quizá se trate de un obsequio “muy especial” de Dios a mi hermano. Sí, por cuanto encierra de verdad la Palabra: “Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; pues a quien ama el Señor le corrige y azota a los hijos que acoge”.

El día dieciocho, los fusiles de la muerte se descerrajaban. Aparece en ecografía una mancha en su costado: ¿Sangre?, ¿serosidad?... El problema es serio y añade gravedad. Se propone como remedio una nueva intervención. ¡Qué locura…! No muchos días atrás, José Luis había lamentado:

.- “¡Ya hemos colaborado bastante con la ciencia!”.

Aquel día, el dolor abraza más fuerte aún a José Luis. Lo habían predicho los especialistas: "Morirá con grandísimos y terribles dolores". La fiebre también se desgañita, gritando su estado, con altas temperaturas. Calmantes, antibióticos, algún otro fármaco, abogan en su defensa. Se le instala, además, un reservorio para auxiliarle con oxígeno.

.- "Tío Bis, estás muy malito", le advierte su Manuero del alma.

.- "Manuero, no te preocupes por mí", le consuela José Luis.

Por la tarde, su visión desaparece, al tiempo que las pupilas de su fe se ensanchan. Todo él se debilita. José Luis va desfalleciendo:

.- "¡No os veo! ¡No os marchéis!", suplica a quienes lo acompañan.

Entre las sospechas temerosas desde Cartagena, el diecinueve por la tarde suena el "tiro de gracia" por el teléfono de mi hermana Margarita:

.- "Veníos ya. De esta noche no pasa. Ya ni ve".

Colgué el teléfono, y a toda prisa, aquella misma tarde la familia al completo viajábamos a Valladolid sin temor a los radares. “¿Llegaremos a verle aún con vida?”, nos preguntábamos. Rezábamos, amándole en camino, en aquel estrambote de los hermosos versos de su vida: "Dale, Señor una muerte serena y santa”. "Madre María, acoge bajo tu manto a José Luis, hijo tuyo y  de Domingo".

Medianoche vallisoletana. Arrancaba ya el veinte de diciembre. Las Margaritas, hermana y sobrina, nos reciben en el Clínico revestidas de aflicción y tristeza, aunque confortadas por su testimonio. Presentes en la habitación esa tarde con sor Pilar y sor Teresa, contemplan un flash pletórico de un José Luis que, contrariando su extrema indigencia física, con vigor y tajante voz exclama:

.- “¡No me interesan ya las cosas de los hombres! ¡Sólo me interesan las cosas de Dios!”

Buen testamento nos dejaste, Mano, a las puertas de la muerte.

Entrados Julia y yo a la habitación para acompañarle en la noche y dar descanso a mi hermana aún convaleciente, reconoce nuestra voz. Y exhalando palabras torpemente, nos pregunta:

.- “¿Qué hacéis aquí?”.

.- "Hemos venido a verte todos", contesté

E inmediatamente, balbuciente, oscurecida su voz tras la máscara del reservorio,  vuelve a preguntar:

.- "¿Dónde están las niñas?, ¿dónde están las niñas?”

.- "Mañana vendrán a verte, con Israel".

Todos los sobrinos "Gagos", se despedirían de su entrañable tío Bis, menos Pablo. Ni incluso sabíamos si podría venir desde Londres, afectado por una neumonía.

.- “Que no venga si está mal”, le disculpaba bondadoso.

.- "No, dice que vendrá a verte lo antes que pueda, esté como esté", le aclaro. Parece conforme con la explicación. Y concluye:

.- "Le esperaremos".

Considero, que entonces pensó que tendría fuerzas y tiempo para despedirse de todos. Pablo incluido. Todos se van a descansar. En la habitación Julia y yo, solos, le acompañaremos con amor y expectación: lo propio del momento.

Recorría con mi vista las paredes, las luces traslucidas por la ventana, el techo, la luz azulada, los numerosos “cachivaches” colocados tras él y de él. Pero mi objetivo, se centraba en su persona. Desde nuestra anterior visita, sobre el mismo escenario, representaba ahora “otro” protagonista: un hombre tumbado en la cama, con los ojos entornados bajo los párpados, como un yacente de Gregorio Fernández. “No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas; no hay en él belleza que agrade: como uno  ante quien se vuelve el rostro”.La profecía de Isaías se reflejaba en aquel espejo humano. Sin embargo, no me incomodaba la apariencia de aquella “ruina” en que le había convertido el mieloma. Sonaba desde su cama la armonía de su vida, de su alma. Y ya lo sabes, amigo: a mí, me apasiona la música.

En la madrugada, en la penumbra de la habitación, el silencio y la calma se hacían más contundentes  y densos al escuchar su respiración fatigosa, el retumbar de sus penosos jadeos. Ni una gota más en la bolsa de líquidos. Se le está envenenando la sangre: su riñón no filtra. Pero sigo ahí de pie: mirándole, rezándole, diciéndole en silencio: "te quiero, Mano”.

Sentía por mi hermano, una emoción muy parecida a la piedad. A veces el amor no necesita un beso para expresarse. Es sólo compañía íntima y silencio. Respira largamente, entrecortado, y descansa en largas pausas. Sus sonidos, a ritmo de adagio. Me siento  y contemplo su rostro y busco un recodo de cielo, en el silencio, para acariciar cuentas de Rosario. Aún no ha entrado en coma, creo. Pero ¿quién me lo asegura?.

Con la luz del día veinte se le ilumina el recuerdo de la noche anterior e insiste:

.- “¿Dónde están las niñas?, ¿dónde están las niñas?”

Su voz suena opaca, tartajeada, con sordina de plástico por la máscara del reservorio.

.- “Luego vienen”, le tranquilizamos.

El P. Manolo, puntual como siempre, llega a la hora de los médicos:

.- “Buenos días, José Luis. Aquí estamos Manuero, Alberto y Julia y el Señor con todos nosotros”.

Percibimos que aún sin respuesta, estas palabras le gratifican. Sin visión, reconoce que no está solo. Pasada la consulta médica, le releva el P. Rorro.

Pero José Luis, conoce la urgencia de su partida y vuelve a reclamar la presencia de sus sobrinas:

.- “¿Dónde están las niñas?, ¿dónde están las niñas?”, demanda con reiteración.

Ante su insistencia y empeño, solicito que anticipen la visita al hospital. Desde agosto, mis hijas no le habían visto. Ahora encontrarían..., “otro” tío Bis. Ciego, con el rostro embotado, la voz entorpecida, asfixiado y casi moribundo. De ahí que al verle en este estado “inimaginable”, las lágrimas brotaran y fueran más fuertes que ellas, hasta llegar a humedecer sus labios temblorosos. José Luis, al percibir su presencia, emocionado, les dice con cariño complacido:

.- “¡Ay mis niñas, ay mis niñas!”.

No sólo habían entrado en la habitación, sino que le "entraron" aún más dentro: al interior de su alma. No pueden articular palabra, ahogadas por la impresión, el cariño y las lágrimas. Aunque las sostiene la fe, sentían el vértigo de la despedida. El tiempo con su tío Bis, estaba muriendo con él. Remansan sus manos, sobre su brazo y sus manos, juntas en plegaria:

.- “Tío Bis, ¡que te vas al Cielo…!”, le proclama con ánimo una lacrimosa Belén.

.- “Sí, hija. Ha llegado mi hora”, contesta.

.- “¡Vas a ver a la abuela. Y a la tía Nines!”, prosigue Belén.

.- “Tío, cuando veas a la abuela, dala un beso”, le solicita Clara.

José Luis esboza una sonrisa complacida y les llena de su cariño:

.- “¡Bonitas..., bonitas…!”

La pena y la emoción aportan una pausa conmovedora. Resuenan los sollozos. Pretenden retirar sus lágrimas a manotazos, espantarlas, pero no pueden. Tampoco pueden evitar, que sus lágrimas sean las mías.

.- “Reza por nosotras cuando estés en el Cielo. Y cuídanos.”, le suplica Clara, la pequeña.

.-“Dios ya os cuida. Él os cuida”, las aclara entrecortado.

Mientras conversan, trago saliva y rezo por dentro. La intensidad de la escena, me estremece. Silencios con música de sollozos contrapunteados. Mientras, me gozo en mi hermano y en  mis hijas: “las niñas”. Ante la tristeza irreparable de sus jóvenes lágrimas femeninas, José Luis las consuela:

.- “No lloréis, no lloréis, bonitas”. - “¡Todo gozo y alegría!”, continúa.

La “larga” conversación le ha agotado. Su trabajosa respiración y el diálogo, le han vaciado sus fuerzas. Descansa un rato, para exclamar más tarde, suplicante:

.- “¡Señor, perdóname!”

Belén, entonces, conforta su desconsuelo:

.- “Tío Bis, que te queremos mucho... ”.

.- “Sí, tío, te queremos mucho”, le confirma Clara.

.- “Ya lo sé, ya lo sé”.

Un amor que es familia. Un amor que no agonizará jamás. Un amor que se queda entre nosotros, vigilante, más pendiente que nunca de aquellos que seguiremos necesitados de él, de su mirada, de su sonrisa, de su ejemplo.

El esfuerzo le hace enmudecer otra vez más. Otra pausa. Luego, con esforzado ánimo suena, quizá, su despedida:

.- “¡Ay mis niñas, ay mis niñas…!”.

El P. Rorro, al ver la escena, me susurra al oído:

.- “¡Qué fe tienen tus hijas!”.

En nuestra anterior visita, en el Río Hortega, yo le había pedido a mi hermano, que alguno de sus sufrimientos los ofreciera por la fe de sus sobrinos, mis hijos. Retirados todos ahora al fondo de la habitación y al pasillo, Israel se le acerca en solitario y le dice al oído:

.- “Tío Bis, he vuelto a la Comunidad”.

José Luis se lo aprueba con una pequeña oscilación de cabeza y una sonrisa. Una mirada y una sonrisa suyas sumaban infinito. Desde mi interior yo se lo agradezco: “Gracias, Mano”. Y me acerco a su oído y le susurro:

.- “Ya has hecho el primer “milagro”, Mano, sin moverte de la cama”. No obtengo un gesto o una palabra. No hay respuesta.

Recuperados de aquella conmovedora escena, sugerí rezáramos el Rosario,  -“con y por el tío Bis”-, en familia, recorriendo con él el trecho final. Debíamos dar a su alma un empujón hacia ese Cielo donde anhelaba "cantar los villancicos". Recordar al Señor que era nuestro hermano y tío. Alrededor de su cama, en corona familiar, rodeábamos a José Luis. Pocas veces me he sentido tan útil a mi hermano, tan importante para él. Se sentiría solo… Quizá abandonado y débil. Debíamos "nutrir" su alma. Mi brazo sobre su cabeza, mi boca cercana a su oído, susurrándole avemarías de esperanza y acariciando cuentas de rosario.

Las avemarías a la Madre, se masticaban intensas en la habitación por uno de "sus frailes", por un hijo de Domingo de Caleruega: .- " Dios te salve, María...". " Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra...”

José Luis no podía acompañar ya con la voz. Pero, en repetidas ocasiones, se unía a la oración vocalizando estas dos frases:

.- "Bendita tú eres, entre todas las mujeres" y "...ahora y en la hora de nuestra muerte".

Dicen que los "ángeles" tienen alas. No estoy de acuerdo. Eso es cosa sólo de artistas: pintores y así. Ni andan revoloteando, invisibles, por la cúpula del Cielo. -¿Pero existen...?. -¡Vaya si existen! Y trasiegan por el mundo, por la vida, entre nosotros. Y son visibles y reconocibles. Unos visten hábito, como sor Pilar. Otros, nos despistan vestidos de paisano o con bata "verde quirófano", como Alfredo. Y cuando aparecen, se forma una espiral de vientos de bondad, de caridad, que enfermos y familia agradecen.

Sor Pilar visitaba a José Luis, mañana y tarde, todos estos últimos días. Y aquel ángel vestido de blanco, derramaba el amor de Dios con cariño indescriptible sobre él, rodeándole de cuidados. Y a nosotros, de información. Otro “ángel”, anestesista de la Unidad del Dolor, bien desde el propio hospital, bien apareciendo, atemporal, desde su domicilio, no dejó  ni a sol ni a sombra a José Luis para que los terribles dolores le invadieran. Benévolo, desbordado de sencillez y solicitud, caritativamente encantador,  preparaba y regulaba las dosis oportunas de morfina y calmantes, cada día, hasta su muerte. Una cosa certifico: que los ángeles están cerca de Dios. Y por ende, cerca de los hombres. Ambos, como el resto de doctores, nos prevenían con una inmutable frase: "Puede que de esta noche no pase". Y con esta amenazadora tensión, tuvimos que convivir cada mañana, hasta las siete de la tarde del veintidós de diciembre.

En cierto momento, me fijé que en el reloj de sor Pilar eran las doce. Como un tunante, la pregunté la hora:

.- "¿Qué hora es sor?"

.- "Las doce menos un poco", respondió.

.- "¿Le rezamos el Ángelus?.  Y así lo hicimos.

José Luis, oyéndonos, recordaría aquellos mediodías  de radio tan suyos, que propagó por las ondas innumerables en "sus" Ángelus de Cope:

.- "A las doce, cada día, también es Navidad".

El veinte ya se había deslizado hasta la noche y de nuevo nos encontrábamos solos con él. Un día más, otro día empeorado. Su respiración se hacía cada vez más lamentable. Al inspirar, ahora, había de ayudarse elevando los hombros y un poco el cuello. Toda una fatiga. Era el síntoma postrero, según nos advirtió sor Pilar. José Luis ya se mostraba alterado y algo convulso, por el trabajoso empeño jadeante, por sobrevivir. Puede que, a tenor de lo verificado al día siguiente, estuviera iniciando aquella noche, la entrada al coma.

Tomamos entonces el salterio y comenzamos a recitarle salmos de confianza:

.-" Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío...". "Ten piedad de mí, Señor, que estoy sin fuerzas...". “Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría eterna a tu derecha...".

Nos percatábamos que al recitado de los salmos, José Luis se tranquilizaba y   armonizaba algo más el ritmo de su respiración. Estaba rezando con nosotros, y su alma recibía este ungüento perfumado que le pacificaba. Una breve pausa. Julia se sienta a su cabecera, tocando su frente y su antebrazo con las manos:

.- " A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu".

Se lo repite y repite, litánicamente. De pronto, sorpresivamente, escuchamos a José Luis repetir la antífona, trabucado, entrecortado, exhalando las palabras como puede:

.- " A du mano..., Deñó..., ecomendo..., mipíritu.", replica  a Julia varias veces, jadeante.

Ahí se acabó. Nunca más pudimos escuchar palabra alguna del que había nacido con la misión y necesidad de "comunicar". Se le había cercenado esa madrugada, la facultad de hablar.

Otra pausa. Golpea ahora con el brazo la cama. ¿Nos expresa su dolor? ¡No!, reclamaba más "alimento". Nuevos ruegos y súplicas al Señor, la Virgen, Sto. Domingo, S. Martín de Porres, proyectándolo hacia el Cielo:

.- " Llévame al Cielo, oh Señor; porque morir es con mucho lo mejor. Estar contigo, estar contigo, oh Señor". “Oh admirable esperanza, la que diste en la hora de la muerte a los que te lloraban...”

Otro descanso de silencio: el lenguaje para escuchar a Dios. Paladeaba el silencio. Separarse de las palabras para estar "más dentro". Nuevos golpes de aviso sobre las sábanas:

.- " Desde lo hondo a ti grito, Señor...". "Tu rostro busco, Señor, no me ocultes tu rostro; no me abandones, mi Dios y Salvador..."

Alternando salmos y silencios, observábamos que el coma conquistaba su cuerpo. Ni una gota de líquido en la bolsa. La creatinina va invadiéndole. Su respiración plastificada, ávida de aire.

Mientras, crece la madrugada. De pie junto a su cama, repaso escenas de su vida, de nuestras vidas, y le hablo sin palabras. Mi hermano va muriendo y va naciendo, ¡resucita! Contemplo la Fe sobre la tierra: su fe honda, firme. En mí, quizá sólo fuera una pena emocionada. Pero en José Luis veía la esperanza viva y vivida.

La angustia de "respirar" con él en su fatiga, me derrota el deseo de tenerle vivo: "¡Llévatelo ya, Señor! ¿No le has probado bastante?". Pero me aparece un centelleo del rostro del Maestro, asfixiado, también, por amor a los hombres. Entonces…: "Hágase tu voluntad, Señor, en la tierra como en el Cielo".

A las tantas, contemplándole, me estoy enamorando locamente de mi hermano: su persona, su obra humana, su santidad de dominico. Santos, sólo nos hace Dios. El primer requisito es... quererlo: como José Luis.

Me vence la tensión y el cansancio. La oración y los pensares, tienen sueño.

Viernes veintiuno de diciembre. Viernes Santo en Navidad. El Gólgota está en la habitación 5P3 del Clínico de Valladolid. Aparece su "samaritano", puntual y solícito como siempre:

.-  " Buenos días, José Luis. Aquí estamos Manuero, Alberto y Julia. Y el Señor, con todos nosotros..."

Parece ya no escuchar nada.

.-  "¿Oye algo, Manolo? ", pregunto.

.- "El oído es lo último que se pierde ", me aclara. Por sí o por no, el P. Manolo le reza la Recomendación de Alma: Evangelio de S. Juan, Letanías de los santos…

.- "...haz, Señor, que José Luis comparta tu Gloria, pues ha compartido tus sufrimientos y tu muerte. José Luis, te pongo en manos de Dios Todopoderoso. Que Él perdone tus pecados, que veas cara a cara a tu Redentor y goces de la contemplación de Dios, por los siglos de los siglos". -"Amén", acompañamos Julia y yo en la intercesión. En cierto momento, me pareció ver desaparecer al hierático P. Manolo, escondiéndose tras una cortina de emocionadas lágrimas.

Esa mañana, los "ángeles" -sor Pilar, sor Teresa y Alfredo- nos anuncian el Cielo para José Luis, esa misma noche. "No corresponde su resistencia a su estado, ni a un organismo limpio y cuidado como el suyo. En estos casos, una respuesta así proviene sólo de una mente "muy bien amueblada", nos explica Alfredo, desde su experiencia médica en la Unidad del dolor. Por su parte, otro doctor que cursa visita, comenta que "su caso" ha sido analizado con interés, por extraordinario, en el Consejo Médico del Hospital Universitario. Continúa sedado, pero va perdiendo estímulos, ya, incluso al dolor.

Visitas vespertinas de los “ángeles” y  los frailes, de sus hermanos y sobrinos, a decirle adiós. Miradas cruzadas entre los presentes, buscando consuelos o el sentido de tanto dolor alargado. Su incierto estado de coma desde ayer, ahora es incuestionable para todos.

José Luis, cada vez trasluce más la imagen del Señor. "Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo ", parecía expresar desde su desfigurada apariencia, clavado en el "viacrucis" de su cama.  Altar donde ofrece su dolor, sacrifico de sacerdote, hostia viva, purificada, del agrado de Dios.

Otra noche de hospital. ¿Será la última? "Pueden pasar días así, o unas horas", nos ha informado al despedirse sor Pilar.

Oración y contemplación. Ante el amargor de la muerte, en su agonía, José Luis respondía con especial entereza en coherencia a lo que fue su vida. Avistaba la Eternidad y sonreía al dolor, adelantándose  a su resurrección. Entre los “tropezones” de sus estertores, vislumbraba, en su noche oscura, la lúcida sabiduría sobrenatural de quien hizo del amor y la bondad, su arquitectura interior. Y exterior.

Julia y yo, continuamos esa noche pertrechando su alma, con salmos y jaculatorias de viático. Los estertores de la agonía hacían prever que sería su último paso de la noche al día. El oxígeno de Dios es lo que ya sólo respiraba. El oxígeno de Dios que entraba ya en su alma, en la espera de ver el rostro del Padre y, quizá también, en la espera prometida al único que le faltaba para “irse”: su sobrino Pablo.

Desde buena mañana, la musiquilla del sorteo de Navidad se percibía alejada en algún transistor de la quinta planta. Bajé a desayunar, y la misma cantinela. El diablo hacía soñar la felicidad a los hombres en forma de décimo de lotería. Algunos saldrían agraciados o desgraciados. No sabemos. Pero, ese veintidós de diciembre de 2012, fue mi hermano más agraciado que ningún otro, por cuanto Dios le premió con “el gordo más gordo”: ¡el Cielo! Y claro, cuando a uno le rodea la suerte, la familia, los amigos, los de su entorno, participan también de su alegría y su afortunada situación. Las lágrimas entonces, son de emoción, de gozo contenido, no de tristeza.

He de irme a comer, aunque prefiera seguir estando con mi hermano, no separarme de su lado en su “Dies natalis”. Pero Pablo, enfermo, aterrizaba en Madrid a las siete. Las siete de la tarde: la misma hora en que Dios paró el reloj de José Luis.

Dos bocanadas largas y profundas, seguidas, hicieron el surco a su “ascensión”. Sin hacer ruido, ni llamar la atención. Sin estridencias, ni estrépito.  En la Paz. Así murió fray José Luis Gago de Val, O.P., el Padre Gago, mi hermano, el veintidós de diciembre del año 2012.

Testigos del momento: fray Justino, fray Sixto y su “magdalena” de antes, de ahora, de siempre: nuestra hermana Margarita.  Sus sobrinos, el P. Salus y Julia, acudieron al pronto y, aún cálido su cuerpo, le revistieron con su hábito. El hábito de los frailes predicadores: Blanco pascual. “Estos vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes sony de dónde han venido?”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación. Han lavado sus túnicas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.”

En el viaje de regreso a Valladolid nos daban la noticia. No pudo aguantar más, no pudo esperarnos. Y así se lo confirmaba Pablo ante su féretro, en su funeral en la Iglesia de San Pablo, -¡oh casualidad!- a las doce el día de Nochebuena.

.- “No tuviste tiempo, tío Bis querido, de esperar a que tu sobrino errante se despidiera de ti en esta tierra. Ya tenías prisa, como dijiste, por cantar la Navidad en el Cielo”.

Nuestro último “contacto”, fue tras recolocarle el hábito y el rosario en sus manos, ya en el féretro. En su palidecido rostro, sobre una piel helada, mis labios depositaron sobre mi hermano la calidez de mi último beso, mientras mi corazón le despedía: “Mano, ¡hasta pronto! ¡Hasta el Cielo!”.

Desde entonces, cada día, “me obligan” a estar con él su afeitadora, su reloj y su rosario. Tres reliquias que me acercan diariamente a mi hermano vivo, resucitado. Y como buen sacerdote, intercesor entre Dios y los hombres. “Tú eres sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec.” 

Sé de personas que ya se encomiendan a él para obtener gracias del Cielo. Unos le implorarán como “Padre Gago”. Otros le pedirán: “José Luis…”. Otros más cercanos: “¡Tío Biiis!”. Yo, simplemente le digo: “Mano, desde el Cielo, ruega por nosotros”.

 

EL QUE VIVE DE AMOR MUERE AMANDO.

Y ESE MISMO AMOR

LE RESUCITARÁ DE ENTRE LOS MUERTOS.

 

EL QUE AMA NO DEJA DE VIVIR NUNCA.